Antes leía más Ciencia Ficción, costumbre que he ido abandonando. Uno de mis libros de cabecera, junto con los de mi admirado Isaac Asimov, es “Crónicas Marcianas”, escrito por Ray Bradbury en 1954, y prologado por el gigante de la literatura universal Jorge Luis Borges. Es un conjunto de crónicas sobre la colonización humana de Marte, y se clasifican por fechas. La obra es ya de por si sobrecogedora, pero hay una crónica en concreto la cual he recordado estos días, a raíz de cierta propuesta de varios Estados europeos, que ustedes ya conocen.
La crónica lleva por título “Un camino a través del aire”. Los colonos sureños habían traído clavos, madera y herramientas, construyeron reproducciones exactas de los poblados en donde habían nacido. Trajeron sus casas, trajeron sus vidas y algunas costumbres a las que no pensaban renunciar. Si Ray Bradbury pensó en aquel futuro, lo hizo en los años 50, y los que se quedaron mantenían un antiguo ritual por el que cada noche, cubrían sus cabezas con capirotes blancos, buscaban árboles robustos y llenaban sus furgonetas con cuerdas, en búsqueda de alguna puerta a la que llamar. El relato termina con un niño negro sonriente despidiéndose de su patrón en un coche recorriendo un polvoriento camino, mientras una emigración masiva se iniciaba a Marte.
Hace tiempo usaba la metáfora de la cárcel en el desierto para explicar la diferencia en las concepciones sobre la libertad de la derecha y la izquierda. Si para la derecha era suficiente con retirar los muros, para la izquierda el mismo desierto no suponía menor impedimento inevitable para la supervivencia y la realización humana. La libertad, característica natural del hombre, como bien recordaba Manuel Azaña, se gana o se pierde en sociedad, y solo los derechos, civiles, políticos y sociales, pueden preservarla ante otros poderes fácticos, ya sean públicos o privados.
Se ha iniciado en la Unión Europea un proceso para ampliar la duración mínima de la jornada laboral. Con diferentes adaptaciones según la naturaleza de la profesión, en general supone una ampliación, y además, con la especial característica que propugna la negociación individual del trabajador con la empresa. La desarticulación de la asociación de los trabajadores, principalmente el sindicalismo, es una vieja lucha de la derecha para debilitar la presión de los asalariados y conseguir imponer, desde el poder empresarial, peores condiciones laborales.
La propia necesidad estrictamente económica de la reforma es más que cuestionable. Según las estadísticas oficiales, no son precisamente los países con jornadas laborales más extensas los que muestran mayor productividad por hora trabajada, que viene determinada por la carga de trabajo conseguida, y no tanto por las horas que una empresa tiene disponible a un trabajador. El aumento de carga de trabajo justifica aumento de plantillas, y estas se financian adaptando libremente el precio de los productos o servicios, a los costes (dado que los precios no están regulados). Me gustaría advertir de algo que puede parecer casi una obviedad estúpida, pero a veces es necesario recordar que dos más dos es igual a cuatro; cuando un partido político promete crear puestos de trabajo, puede prometerlo con fórmulas que lo faciliten, pero no nos confundamos, esos puestos de trabajo son costes laborales, así que cuando un partido político promete que va a crear empleo, lo que realmente está diciendo es que va a aumentar los costes laborales en términos absolutos, porque el empleo no es gratis.
Al parecer, lo que se busca con esta reforma no es tanto aumentar la carga de trabajo de las empresas, lo cual con jornadas laborales adecuadas fomentaría la creación de empleo bien remunerado, si no que las empresas tengan disponible a su plantilla una cantidad sustancial de horas extra, que nadie cuestiona ya que supondría la rebaja del coste por hora trabajada, y por lo tanto, una subida de salario no proporcional. Si ahora una empresa no tiene carga de trabajo suficiente para llenar 8 horas de trabajo, y los trabajadores estaban ociosos 2 horas, con 12 horas de trabajo estarán ociosos 6 horas, lo cual creo que muy interesante no es. Si el argumento es que al tener más tiempo disponible una plantilla podrán asumir más proyectos, esto también se logra contratando más personal, y volvemos al inicio otra vez. De una manera o de otra, la reforma no tiene sentido, a menos que no se quiera mantener el sistema social europeo y además crear empleo.
Desde la concepción de la derecha solo el Estado puede coaccionar, eliminada la coacción estatal, la empresa privada forma parte del mundo natural, del derecho natural, y es imposible que coaccione. Sin embargo, tanto el Estado como el poder privado pueden imponer sus condiciones al individuo, mientras que este, a menos que haga masa crítica, no puede. Entonces el equilibrio se rompe. La derecha, que pretende fomentar el egoísmo improductivo de ir por libre, la desarticulación sindical del explotado, favorece que no se cree empleo, y el reparto desigual de la riqueza.
Desde Irlanda se le acaba de dar un “no” rotundo a cierta manera de hacer las cosas. La prensa editorial, controlada por las mismas grandes empresas que no les interesa la Europa política, y sí la Europa comercio, dirán que ese “no” proviene de viejos efluvios nacionalistas. Nada más lejos de la realidad; la mayoría de las ideas-fuerza de la mayoría de los irlandeses, gente inteligente y moderada, giran en torno a un sistema social que algunos pretenden derrumbar. Así, la independencia política de Irlanda no sería un fin en si mismo, si no una vía para impedir dichas reformas.
En un artículo anterior, y en otros publicados en otros sitios desde hace varios años, vengo diciendo que el proceso de construcción europea es un completo desastre, que se ha hecho demasiada demagogia barata contra los que nos negamos a seguir esta carrera de borregos borrachos a ninguna parte, y que es hora de echar el freno y reformular la estrategia, volviendo a un camino más democrático, más abierto a la ciudadanía, más inclusivo y más social.
Al final, las naves rasgaban el cielo terrestre, perdiéndose en el espacio exterior. El viaje en aquellos viejos cohetes hacia Marte era una nueva esperanza; intentar construir un nuevo mundo con nuevas reglas. Los sureños se dieron cuenta, con lacónica mirada, que su mundo se derrumbaba y que aquel poder que creían tener, venía determinado por unas circunstancias, y no por ningún derecho natural que, en el nuevo planeta rojo, ya no tenía ningún sentido.
“- ¿Te enteraste?
- ¡De qué!
- ¡Los negros, los negros!
- ¿Qué les pasa?
- Se marchan, se van ¿no lo sabes?
-¿Qué quieres decir?¿Cómo pueden irse?
-Pueden irse. Se irán. Se van ya.
(…)
- ¿Y pueden hacerlo?- Preguntó Samuel Teece, paseándose por el porche-. ¿No hay una ley?.
- No es lo mismo que si declarasen la guerra – dijo el viejo en voz baja.
(…)
El coche se alejó balanceándose en el polvo. El muchacho se incorporó, se volvió, acercó las manos a la boca, y gritó por última vez:
-¡Señor Teece!.¡Señor Teece!.¿Qué va a hacer ahora por las noches?.¿Qué va a hacer ahora por las noches, señor Teece?.
(…)
-¿Lo notaron ustedes? ¡Hasta el último momento, por Dios, me llamó “señor”!.”
De “Crónicas Marcianas”, por Ray Bradbury. 1954.
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