El gran problema que plantea la actual situación económica mundial es el del desconocimiento del problema al que nos enfrentamos. Al igual que nos pasó tras 1929 nos enfrentamos a una situación totalmente novedosa, con la diferencia de que ahora sabemos que no podemos permitirnos una crisis económica global, tenemos afortunadamente nítido el recuerdo de lo que la anterior gran crisis trajo y ahora conocemos el fundamental papel que desempeña el sistema financiero.
Para abordar el análisis de la situación actual es conveniente hacer algo de memoria y recordar cómo las políticas de fundamentalismo de mercado, que desde los años 70 se han ido adueñando de la praxis capitalista hasta hacerse totalmente dominantes tras la caída del espacio marxista, han terminado por ocasionar la mayor crisis del sistema desde finales de los años veinte del siglo pasado.
El fundamentalismo de mercado tiene sus raíces en la teoría de la competencia perfecta, tal y como fue propuesta originariamente por Adam Smith y desarrollada por los economistas clásicos. Sin embargo comete un grave error en su formulación ya que los mercados financieros no necesariamente tienden al equilibrio; dejados a sí mismos tienden hacia extremos de euforia y desesperación. Precisamente esa creencia de que los mercados financieros tienden al equilibrio es directamente responsable de la actual confusión ya que llevó a que los reguladores descuidaran sus responsabilidades y confiaran en el mecanismo de mercado para corregir sus propios excesos.
Las creencias de que los mercados tienden al equilibrio ha favorecido las políticas de libertad absoluta de los mercados financieros dominantes hasta la fecha; podríamos denominar a esas políticas como de fundamentalismo de mercado y aventurar que ese fundamentalismo de mercado no es mejor que el dogma del marxismo, dogma que se considera ya superado. Ambas ideologías se refugian en una apariencia científica para parecer más aceptables, pero las teorías que invocan no resisten el test de la realidad puesto que emplean el método científico para manipular la realidad, no para entenderla.
Bajo la influencia del fundamentalismo de mercado, que se convirtió en el credo dominante en los años de la presidencia Reagan, se fueron quitando de forma gradual prácticamente todas las restricciones que se les había impuesto a los bancos para hacer dinero desde la Gran Depresión; se fue difuminando progresivamente la frontera que separaba a la banca comercial de la banca de inversión hasta desaparecer del todo; se propició el que los bancos evitasen mantener los préstamos en sus balances, siendo preferible empaquetarlos y venderlos a inversores que no estuvieran sujetos a la supervisión y persuasión de las autoridades reguladoras, se iban inventando nuevos y cada vez más sofisticados instrumentos financieros destinados a compradores que ya no entendían lo que estaban comprando y todo ello se hacía bajo la confianza en el axioma clásico de que los mercados financieros siempre tendían al equilibrio, con lo que cualquier desajuste de cálculo podía ser corregido por el propio mercado sin riesgo al colapso. Siguiendo esa premisa las innovaciones financieras parecieron haber enloquecido en los últimos años haciendo muy difícil calibrar el riesgo real de exposición lo que actualmente dificulta enormemente las operaciones de auxilio. Todo ello ha provocado que la base de capital de los bancos se haya visto seriamente dañada y que éstos sean actualmente incapaces de llegar a controlar bien su nivel de exposición al riesgo.
Pero toda esta superburbuja globalizadora no es nueva, realmente comenzó realmente su andadura en 1980 con la llegada de Ronald Reagan y Margaret Thatcher al poder en USA y en el Reino Unido. A sus políticas ultraliberales siguió un período de expansión económica desbocada que empezó a evidenciar su verdadera peligrosidad con el nuevo siglo.
Tras el estallido de la burbuja tecnológica en 2000 y la crisis de seguridad creada tras 2001 para evitar una recesión, la FED (Reserva Federal USA) rebajó el tipo de los fondos federales al 1 % y los mantuvo hasta junio de 2004; esta medida que inicialmente pretendía reactivar los mercados, sirvió para crear una burbuja inmobiliaria en la que las innovaciones financieras jugaban un papel central logrando trasladar los riesgos desde aquellos que se suponía que los conocían hasta otros que estaban menos familiarizados con ellos y lo hicieron a través de instrumentos tan sofisticados que la autoridad reguladora perdió la habilidad de calcular los riesgos subyacentes.
Las subsiguientes decisiones políticas de los ultraliberales durante los gobiernos de Bush junior contribuyeron decisivamente a agravar el problema y así si Clinton dejó USA en diciembre de 2000 (Bush fue investido en enero 2001) con superávit en las cuentas públicas de 557.000 millones de $ y una tasa de paro del 4 % de la población activa. Ahora que Bush deja estos días el cargo (enero de 2009) deja también un déficit de 1,2 billones de $ y una tasa de paro del 7,2 % y subiendo. Por su parte la tasa de ahorro familiar en USA que era del 7 % de media en 2004 fue bajando desde esa fecha hasta llegar a un 1 % actual, todo ello debido a su política de bajadas continuas de impuestos y de incentivación continuada e irresponsable del consumo, siempre por supuesto con la bendición del otrora gurú Greespan. Estas continuas bajadas de tipos de interés no sólo sirvieron para cebar la burbuja sino que han provocado el abandono progresivo del dólar como moneda refugio al no ser rentable tener reservas en dólares. Esta última consecuencia de la Administración del menor de los Bush ha impulsado el declive del poder político y económico de los USA, puesto que además de su desprestigio militar y político el resto del mundo ha disminuido su deseo de mantener dólares lo que apuntala definitivamente su declive económico.
Para abordar el análisis de la situación actual es conveniente hacer algo de memoria y recordar cómo las políticas de fundamentalismo de mercado, que desde los años 70 se han ido adueñando de la praxis capitalista hasta hacerse totalmente dominantes tras la caída del espacio marxista, han terminado por ocasionar la mayor crisis del sistema desde finales de los años veinte del siglo pasado.
El fundamentalismo de mercado tiene sus raíces en la teoría de la competencia perfecta, tal y como fue propuesta originariamente por Adam Smith y desarrollada por los economistas clásicos. Sin embargo comete un grave error en su formulación ya que los mercados financieros no necesariamente tienden al equilibrio; dejados a sí mismos tienden hacia extremos de euforia y desesperación. Precisamente esa creencia de que los mercados financieros tienden al equilibrio es directamente responsable de la actual confusión ya que llevó a que los reguladores descuidaran sus responsabilidades y confiaran en el mecanismo de mercado para corregir sus propios excesos.
Las creencias de que los mercados tienden al equilibrio ha favorecido las políticas de libertad absoluta de los mercados financieros dominantes hasta la fecha; podríamos denominar a esas políticas como de fundamentalismo de mercado y aventurar que ese fundamentalismo de mercado no es mejor que el dogma del marxismo, dogma que se considera ya superado. Ambas ideologías se refugian en una apariencia científica para parecer más aceptables, pero las teorías que invocan no resisten el test de la realidad puesto que emplean el método científico para manipular la realidad, no para entenderla.
Bajo la influencia del fundamentalismo de mercado, que se convirtió en el credo dominante en los años de la presidencia Reagan, se fueron quitando de forma gradual prácticamente todas las restricciones que se les había impuesto a los bancos para hacer dinero desde la Gran Depresión; se fue difuminando progresivamente la frontera que separaba a la banca comercial de la banca de inversión hasta desaparecer del todo; se propició el que los bancos evitasen mantener los préstamos en sus balances, siendo preferible empaquetarlos y venderlos a inversores que no estuvieran sujetos a la supervisión y persuasión de las autoridades reguladoras, se iban inventando nuevos y cada vez más sofisticados instrumentos financieros destinados a compradores que ya no entendían lo que estaban comprando y todo ello se hacía bajo la confianza en el axioma clásico de que los mercados financieros siempre tendían al equilibrio, con lo que cualquier desajuste de cálculo podía ser corregido por el propio mercado sin riesgo al colapso. Siguiendo esa premisa las innovaciones financieras parecieron haber enloquecido en los últimos años haciendo muy difícil calibrar el riesgo real de exposición lo que actualmente dificulta enormemente las operaciones de auxilio. Todo ello ha provocado que la base de capital de los bancos se haya visto seriamente dañada y que éstos sean actualmente incapaces de llegar a controlar bien su nivel de exposición al riesgo.
Pero toda esta superburbuja globalizadora no es nueva, realmente comenzó realmente su andadura en 1980 con la llegada de Ronald Reagan y Margaret Thatcher al poder en USA y en el Reino Unido. A sus políticas ultraliberales siguió un período de expansión económica desbocada que empezó a evidenciar su verdadera peligrosidad con el nuevo siglo.
Tras el estallido de la burbuja tecnológica en 2000 y la crisis de seguridad creada tras 2001 para evitar una recesión, la FED (Reserva Federal USA) rebajó el tipo de los fondos federales al 1 % y los mantuvo hasta junio de 2004; esta medida que inicialmente pretendía reactivar los mercados, sirvió para crear una burbuja inmobiliaria en la que las innovaciones financieras jugaban un papel central logrando trasladar los riesgos desde aquellos que se suponía que los conocían hasta otros que estaban menos familiarizados con ellos y lo hicieron a través de instrumentos tan sofisticados que la autoridad reguladora perdió la habilidad de calcular los riesgos subyacentes.
Las subsiguientes decisiones políticas de los ultraliberales durante los gobiernos de Bush junior contribuyeron decisivamente a agravar el problema y así si Clinton dejó USA en diciembre de 2000 (Bush fue investido en enero 2001) con superávit en las cuentas públicas de 557.000 millones de $ y una tasa de paro del 4 % de la población activa. Ahora que Bush deja estos días el cargo (enero de 2009) deja también un déficit de 1,2 billones de $ y una tasa de paro del 7,2 % y subiendo. Por su parte la tasa de ahorro familiar en USA que era del 7 % de media en 2004 fue bajando desde esa fecha hasta llegar a un 1 % actual, todo ello debido a su política de bajadas continuas de impuestos y de incentivación continuada e irresponsable del consumo, siempre por supuesto con la bendición del otrora gurú Greespan. Estas continuas bajadas de tipos de interés no sólo sirvieron para cebar la burbuja sino que han provocado el abandono progresivo del dólar como moneda refugio al no ser rentable tener reservas en dólares. Esta última consecuencia de la Administración del menor de los Bush ha impulsado el declive del poder político y económico de los USA, puesto que además de su desprestigio militar y político el resto del mundo ha disminuido su deseo de mantener dólares lo que apuntala definitivamente su declive económico.
R.A.S.