
Para quienes militamos en un partido político, nos parece sorprendente la apertura de expedientes disciplinarios a quiénes, desde la libertad y el sentido de la responsabilidad que parece faltarles a muchos, se ejerza el sano ejercicio de la crítica con las actuaciones de determinados miembros, que, muchas veces, aunque se ajusten o muevan dentro de los límites estatutarios, puedan reprobarse por amorales. Que un compañero sea objeto de estudio por sus manifestaciones en su propio perfil de Facebook, por ejemplo, y que no gusten a determinadas facciones por ser ellos objetos de dicha crítica y se erijan jueces y parte, parece, en sí mismo, un auténtico despropósito.
Hablamos de libertad de expresión, y esa libertad no es contraria al ideario socialista, que sí podría ser objeto de un estudio disciplinario. El ejercer la crítica hacia determinados miembros del partido, su forma de hacer política, o incluso contra la estructura fuertemente piramidal que omite a las bases, no es faltar a la línea o ideas del partido, cuya líneas e ideales están sobradamente acotadas, la primera, entiendo yo, por un programa político y la segunda lo que ha motivado el origen del propio partido. Quizá debiera desviarse la mirada a quienes ejecutan o no dicho programa, que, amparándose en un momentáneo respaldo de los ciudadanos, cogen el cetro y con la impunidad de verse crecidos, no les tiembla la mano para mandar a los gulags del destierro a los disidentes.
Si este partido se caracteriza por aunar distintas sensibilidades en torno a la izquierda, la libertad de expresión debiera ser uno de sus pilares esenciales por ser consustancial a su existencia, así como el pensamiento crítico constructivo como elemento diferenciador respecto al Partido Popular, que es sabedor de un buen puñado de votos fieles, con independencia de los casos de corrupción o la integridad u honorabilidad de los que ostentan algún cargo.
Afortunadamente, los votantes de izquierda se han convertido en ciudadanos con un creciente pensamiento crítico, exigentes con quienes les representan y que han dejado claro en las elecciones que su voto no es un cheque en blanco. Si un militante de base, o cientos, no conformes con las políticas desarrolladas por quienes ellos han elegido, desmarcándose de un ideario o un cuaderno de ruta recogido en su programa, y lo manifiestan abiertamente, debiera ser considerado como un mecanismo de control para aquellos que incumplen el cometido para el que han sido elegidos. ¿ quién exige responsabilidades a los responsables? ¿ a quiénes acudir cuando de lo dicho a lo hecho va un buen trecho? ¿ por qué los militantes, por manifestarse en contra de actitudes, acciones u omisiones de los que forman parte del aparato, son objeto de estudio disciplinario, mientras que a los que se cuestiona, nadie revisa su actuación?
Perder de vista la Historia, supone el riesgo de repetirla. Actitudes estalinistas aniquilando el pensamiento crítico en el seno de un partido, marcando con letra escarlata la voz disonante, cuando lo que dice son las verdades del barquero, supone el principio del fin de unas siglas con las que muchos, ya no se sienten identificados. El número de bajas se ha incrementado en los últimos tiempos, y esas voces que antes, en el seno de su partido, se alzaban críticas, ahora lo hacen como exmilitantes que, casualidad, repiten el mismo discurso que muchos se niegan a escuchar. Y en este caso la disciplina la aplican ellos al partido, no votándolo en las elecciones.
No seamos esclavos de nuestros prejuicios, ni nos perdamos en discusiones estériles cuando lo que acontece en la sociedad y en los votantes de la izquierda es el más absoluto desencanto.