Hablar de valores con la que está cayendo parece una broma de mal gusto, pero ahí está el problema, que nadie habla de valores. Entre esperpénticas propuestas de modificaciones constitucionales (nada menos que modificar la Carta Magna para lamerle el culo a Merkel) y soluciones geniales tales como autorizar por ley encadenamientos de contratos basura casi de por vida, condenando a nuestros jóvenes a una precariedad existencial sin futuro, se me ponen los pelos como escarpias. ¡La que se nos está viniendo encima! En la historia de la democracia no recuerdo una agonía más gris y demoledora.
Rubalcaba lo tiene difícil para ganarse la confianza de la gente con estas salidas de tono de última hora que no se traga ni el más fiel de los perros del cortijo. Sobre todo porque para ganarnos esa confianza necesitamos jubilar en un tiempo record a toda una hornada (no generación) de primeras espadas, más quemados que la traca de San Juan del año pasado. Su tiempo pasó, pero ellos no quieren pasar al escaparate del tiempo, ese de cristal, en que te juzga la Historia con parsimonia y no se te perdona una.
Si algo no pierde la militancia progresista es la esperanza en el progreso, es lo que nos somos, pero esa potencia social que desplegamos desde finales del siglo XIX corre el riesgo de romperse a principios del XXI, ante la insistente exigencia de las actuales élites de continuar en primera línea de combate, como gárgolas petrificadas observando pasar el tiempo desde lo alto de los templos sagrados… son unos pesaos. La política no es una profesión, es una pasión.
¿Su torpeza es más poderosa que nuestra esperanza?
¿Depende de nosotros o depende de ellos?
Entiendo que de nosotros, si luchamos no hay forma posible de que nos lideren quienes ya han fracasado. Sin nuestro silencio, sin acuerdo, no hay paz posible. Nos ganan si nos gana la indiferencia y la falta de decisión.
Es tiempo de negociar, de hablar, de contemporizar con el que piensa de otra forma, pues esto que yo digo es mi posición de inicio, y comprendo que otros barajen otras opciones. Este es el juego democrático. Cansado estoy -en esta indignación permanente que es signo de nuestro tiempo- de contemplar políticos de todas las clases y colores, impresionando con una defensa de la democracia que son incapaces, después, de aplicar: consiste en pensar que el otro puede tener tanta razón, o más, que tú mismo y llegar a acuerdos e incluso consensos a través del dialogo sensato y honesto.
El lamentable estado de las cosas viene, en parte, de la poca generosidad de la élite actual, en la poca fe que han tenido en la política como medio de resolver por medio del intercambio dialéctico los problemas que en otros modelos se solucionan con la imposición. La práctica nos revela que los políticos no creen en el diálogo o no saben lo que es. No lo usan. Se conforman con hablar a las cámaras y convencer al indiferente con el perfil intelectual más bajo que puedan desarrollar, que puede ser muy, pero que muy bajo. Ahora que puebla nuestra amada Patria el ciudadano más culto y preparado de nuestra dilatada historia, suena el discurso más bruto y embrutecedor desde que Felipe II estiró la pata. Demasiados intereses personales… demasiadas proyecciones… Nadie ha concedido una oportunidad a la democracia española.
La oportunidad es obvia: el sistemático relevo de mandos. La cosificación de la masa dirigente como entidad armada (cemento armado, me refiero) constituye el mal de nuestro tiempo. De aquí no se mueve nadie, no lo consigue ni la oposición. Jubilar te jubila el compañero de filas. No tiene remedio.
Aplaudiría a todos aquellos que sin pedírselo se apuntaran a dejar sitio a los que están por venir y en vez de marcharse se quedaran a luchar desde su experiencia. El ego es tan fuerte como la maroma de un barco. Levar anclas, al fin, es morir. Ya sé, me dirá alguien que pienso que la política es una película de Spencer Tracy y Katharine Hepburn, a lo cual me queda contestar que prefiero la humanidad de mis tortolitos que el olor a naftalina de Gloria Swanson en “El Crepúsculo de los Dioses”, o el odio y ambición que se destila en la trilogía de “El Padrino”. Pero son meras preferencias. Cada cual con sus modos y gustos olfativos.
No esperemos algo sublime por parte de nadie, un gesto de grandeza al final del camino, una postura digna y significativa como legado a las nuevas generaciones o una puerta abierta de par en par al futuro. No esperemos nada, pues nadie regala nada y menos el tiempo, que es oro. El futuro es de los fuertes y los fuertes son tercos como mulas, pero hay mulas que no son fuertes, sino mulas. Las mulas también tienen futuro.
Esto que hago es hablar en voz alta, nada más, entretejiendo el discurso entre lo grande y lo pequeño, lo universal y lo local. Poco importa. Mañana nos queda sentarnos a ver qué somos capaces de proyectar entre todos, que vienen las generales, coño, no rompamos la esperanza con nuestras miserias. “Yo mí me conmigo”, escucho a Sabina mientras escribo. Vaya banda que somos.
Saludos a todos sin excepción, compañeros, conciudadanos.
Carlos Raya