Con permiso del osito me voy a poner transcendente. "Todo cambia, nada permanece”, advertía Heráclito, y la fuerza que pone en movimiento el Universo es la lucha de contrarios en búsqueda de nuevos equilibrios, que una vez conseguidos serán igualmente destruidos para ser ocupados por otros nuevos. Sobre estas sentencias tan sencillas como potentes se fundamenta todo el conocimiento de la Humanidad, desde lo más elevado y complejo a las cosas más comunes en que las personas nos dejamos la vida, paradójicamente, como si fueran importantes. Claro está que esas cosas, cada una en su naturaleza, llevan su ritmo relativo. Las montañas son lentas con respecto a cómo cambia el viento. La luz viaja a la velocidad de la luz y la tortuga no, pero su imagen sí. Algunas personas son capaces de asumir los cambios con más celeridad que otras. Los mejores se adelantan a su tiempo y son más veloces que la luz. En el otro extremo tenemos que algunos individuos son incapaces de enfrentar la evolución y se meten, como las tortugas, en su caparazón de flemática soberbia para no ver la verdad por más que la luz llame a su puerta. La imagen que rápidamente reflejan es lamentable.
El destino siempre nos alcanza, realmente no se despega de nuestro lado; es como nuestra sombra y por eso las grandes almas, en vez de correr como ratas a ver quién encuentra el mejor asiento, digo escondite, mantienen firme el rumbo sobre unos valores que los hacen dignos. Doblegarse ante la realidad es claudicar ante lo que nuestro deseo nos dicta más allá de esos valores, no buscar alternativas dignas nos deforma hasta mutarnos en caricaturas. Todo es empezar. El esperpento es la pena brutal que el destino impone a los que vence.
Pero eso cuenta para todos, también para el que escribe y estas cosas nos deben de hacer más humildes: tomemos nota de aquellos que doblan la rodilla para evitar esa misma postura obscena. Este es el único legado que tomaremos, el resto, precisamente por ese mismo final, será velado por las nieblas de la vergüenza.
Si algo tiene un comienzo de ciclo es la ilusión que despierta en las personas: respirar la emoción, palpar la energía colectiva, las fuerzas puestas en movimiento al recuperar el sentido de la lucha y aclarar los objetivos comunes… Como jóvenes surfistas buscaron la mejor ola, pacientes, observando activamente su formación, y la ola llegó, cabalgan sobre su base, libres, la mirada fija en el horizonte, subiendo hacia la cresta que les lanzan al infinito y no son uno sino muchos, ya casi todos, imparables hacia un destino ante el que no claudicarán bajo pena de excomunión. Yo me apunto a construir con nuestro esfuerzo y nuestros valores el día que está por llegar. El futuro es nuestro, lo hemos conquistado.
Por cierto, no sé que tiene la épica que la gente no se la sabe tomar con buen humor. Quizá por eso me gusta tanto: el humor es algo muy serio y hay que saber reírse de los dioses.
Saludos y enhorabuena a todos los que ganaron y enhorabuena también a los que perdieron.
Carlos Raya de Blas