Lo que hoy se tiene claro es que no se puede consentir el colapso del sistema bancario, como ocurrió en 1932, precisamente porque ese colapso provocó la Gran Depresión. Ello justifica sobradamente el auxilio que se está últimamente prestando a la solvencia bancaria pero no debe permitir que olvidemos la máxima que jamás debimos de obviar: dado que los mercados financieros no tienden al equilibrio, no podemos dejarlos actuar por sí mismos.
Y ello porque ahora podemos decir, sin temor a equivocarnos, que los mercados financieros no pueden predecir con exactitud decaimientos en la actividad, pero sí causarlos, siendo éste el origen de gran parte de nuestros problemas.
Las burbujas a menudo llevan a crisis financieras, las crisis a su vez llevan a la regulación de los mercados financieros, por eso es mejor interpretar los mercados financieros como un proceso en evolución continua y ese proceso no puede entenderse sin tener en cuenta el papel de los reguladores, los cuales son a su vez tan falibles como los demás participantes en el mercado y más aun si los medios puestos en mano de los controladores son más nominales que reales.
El último acuerdo internacional sobre los requerimientos de capital necesario de los bancos - Basilea II – permite que los mayores bancos confíen en sus propios sistemas de gestión de riesgos y lo mismo les ocurrió a las agencias de rating, que se suponía debían evaluar la solvencia de los instrumentos financieros, todos ellos llegaron a confiar en los cálculos proporcionados por los emisores de esos instrumentos; algo increíble pero cierto.
En contra de lo que creen los fundamentalistas de mercado (neo-cons al uso), la estabilidad de los mercados financieros no está asegurada; tienen que mantenerla activamente las autoridades, tarea nada fácil puesto que el momento adecuado para limitar la expansión del crédito es durante la fase expansiva, algo nada popular. Los bancos centrales habitualmente responden a la inflación de precios y salarios, pero no se sienten interpelados a evitar la inflación de precios de los activos con lo que su eficacia es incompleta.
En medio de esta crisis global conviene echar un vistazo a la más importante de las economías en expansión: la china; una economía que se creía imparable y el más fiero competidor de los últimos años. El problema de China es que el coste real del capital ya es negativo, y la apreciación más rápida de la divisa lo hace más negativo; ello crea una burbuja financiera que aún está en sus comienzos, pero que probablemente aboque a una futura crisis financiera.
Pese a lo que estamos viendo en las economías desarrolladas, es posible que la economía global no entre en recesión dada la muy favorable dinámica de los países enriquecidos por el petróleo y algunas economías en desarrollo. China probablemente bregará por la crisis financiera actual y la recesión siguiente con gran éxito y ganará considerable fuerza relativa sin embargo la burbuja que allí se está formando es posible que acabe, como dijimos anteriormente, en una crisis financiera futura.
De hecho, la situación actual de retracción de la demanda ya está provocando serios problemas en el mercado chino, con despidos y cierres de empresas que acabarán creando una masa obrera desocupada en las ciudades que ya no estará por la labor de regresar al sector primario y que elevará la presión sobre las autoridades chinas las cuales no tendrán más opción que la del aperturismo político algo que a corto plazo probablemente limite su capacidad de competir, precio por otra parte liviano si ha de pagarse por avanzar en la democratización del país.
EL FUTURO: Parece claro que cualquier bajada del tipo de interés en USA incrementará la presión para romper el anclaje al dólar lo que incrementará la debilidad de la economía norteamericana. Como en toda crisis, probablemente el mundo en desarrollo tendrá mejores resultados que los países desarrollados.
Los reguladores del futuro necesitarán conocer más y mejor las innovaciones recientes, y no deben permitir prácticas que no se entiendan del todo; la idea de que la gestión del riesgo puede dejarse a los participantes es simplemente una locura. Los participantes deben de suministrar al regulador la información adecuada sea cuales fueren las consecuencias de tal suministro, y las autoridades deben de estar para garantizar que así sea.
Las autoridades deben de vigilar y controlar más durante la fase expansiva aun cuando pueda limitarse la rentabilidad de los negocios. Esta es quizá la tarea más complicada puesto que cualquier nivel de intervencionismo cuando se está en fase expansiva es difícilmente aceptable por el común de los agentes económicos y sin embargo hacerlo bien es la clave puesto que pasarse con las regulaciones puede paralizar severamente la actividad económica y quedarse corto ya vemos qué consecuencias tiene; en todo caso es evidente que sería un gran error volver a las condiciones que prevalecieron en los mercados tras la Segunda Guerra Mundial.
Las autoridades monetarias tienen que preocuparse no solo por controlar la oferta de dinero sino también por la creación del crédito. El monetarismo es una falsa doctrina; el dinero y el crédito no van de la mano.
Controlar el apalancamiento reducirá tanto el tamaño como la rentabilidad del sector financiero, pero eso es lo que exige actualmente el interés público.
Las políticas monetarias y fiscales anticíclicas típicas no servirán de mucho en el momento actual en el que hacen falta ayudas especiales para evitar el colapso del precio de las casas y el daño que ello provocaría. La clave, como siempre, está en acertar con esas ayudas puesto que los recursos para ello son limitados.
Las eternas reticencias del BCE (Banco Central Europeo) a bajar los tipos de interés supone una discrepancia entre las políticas monetarias de la UE y de USA y provoca presiones alcistas en el euro con las tensiones comerciales que ello implica.
Los temores económicos clásicos cambian con esta crisis, y desde hace meses no es precisamente la inflación uno de ellos. Los precios están actualmente cayendo en todo el mundo en correspondencia con el desplome del coste del petróleo (de 147 dólares el barril en julio hasta los 43 dólares el pasado diciembre) y de la totalidad de las materias primas.
En ese contexto hay que contemplar el descenso de la inflación en la eurozona en diciembre, hasta el 1,6% en el IPC armonizado, y el registro de la más baja tasa de inflación española en una década, el 1,5%; 2,8 puntos menos que hace un año, tras haber estado en julio en el 5,3%. La economía española es aún más débil frente a esas tendencias genéricas ya que está más expuesta a ellas por dos razones: por su mayor dependencia estructural de la energía importada y por el ahora más acusado debilitamiento de la demanda interna. Todo ello seguirá facilitando la reducción de la inflación y del déficit comercial, algo que en sí es positivo pero también preocupante cuando es motivado por una recesión tan aguda.
El temor es ahora que el excesivo deterioro de los indicadores de confianza y de inhibición de las decisiones de gasto privado en todo el mundo, derive en procesos deflacionistas. El tratamiento de este problema absolutamente novedoso es bastante más difícil de combatir que la inflación, especialmente en las economías cuyos tipos de interés ya han agotado su recorrido a la baja, y ello porque al tratarse de una situación nueva se carece de experiencia y todo se reduce a la teoría económica.
En la denominada eurozona el Banco Central Europeo (BCE) debe continuar las reducciones de sus tipos de referencia, en mayor medida si tenemos en cuenta la apreciación que sigue manteniendo el euro frente a otras divisas. El BCE y todos los Gobiernos de la eurozona han de ser conscientes de que esos riesgos deflacionistas, un tipo de cambio apreciado y la continuidad de las restricciones crediticias conforman el peor de los escenarios para la recuperación en un contexto recesivo tan agudo como el que padecemos.
Respecto al Reino Unido, la enorme importancia de su sector financiero y su excesiva vinculación al espacio financiero norteamericano, va a suponer poner al país contra las cuerdas en la que probablemente sea la peor crisis económica de su historia. Estas circunstancias y su tradicional aislamiento respecto a la zona euro permite aventurar un posible fin de la libra como moneda y la consiguiente necesidad de integrarse definitivamente en el espacio euro.
CONCLUSIONES:
Como colofón a las anteriores reflexiones se podría concluir lo siguiente:
1º.- Probablemente haya llegado a su fin un período de expansión del crédito que duraba ya 60 años basado en que USA explotaba su posición como centro del sistema financiero global y en su control sobre la unidad de cuenta internacional.
2º.- Son de esperar (más bien se hacen imprescindibles) cambios más duraderos en la naturaleza de la banca o de la banca de inversión.
3º.- No hay motivos para esperar un período de contracción del crédito prolongado o un declive económico en el mundo en su conjunto (insistimos en la expresión “en su conjunto”) dado que actúan fuerzas compensatorias por lo que no sería raro que a partir de la segunda mitad de 2009 se notasen ya tenues síntomas de recuperación.
4º.- Los Estados Unidos de América ha dilapidado durante la administración Bush el liderazgo político heredado con errores tan abultados que ha provocado un abrupto declive en su poder e influencia en el mundo que no será fácil de revertir.
5º.- La zona euro, como espacio económico, saldrá enormemente reforzada de esta crisis, aun cuando sus economías individualmente consideradas salgan muy tocadas; y aún mejor podría hacerlo de haber llegado a ella como un verdadero espacio político.
6º.- Es posible que pasemos por un período de gran incertidumbre y destrucción de riqueza financiera antes de que emerja un nuevo orden. Esperemos que este sea más justo y financieramente seguro que el casino en el que nos hemos movido durante las últimas décadas.
R.A.S.