Se suele decir en España que las victorias electorales tienen muchos protagonistas pero que las derrotas no son de nadie. Quizás pertenezcan al viento, no lo sabemos. Después del último vuelco electoral en nuestro país en el PSOE han emergido debates que habían quedado soterrados. El orgánico es uno, y el político es otro. En nuestro país cuando uno aborda este tipo de debates tiene la tentación de convertirlos en una terapia de grupo donde desahogar su particular camino de afrentas, roces y disgustos personales, y tenemos una enorme dificultad para reflexionar desde una perspectiva puramente política.
En este conjunto de aspiraciones personales, modelos de partido y nuevas "etiquetas de temporada", hay quien se pregunta si en Francia o Reino Unido son muy distintos a nosotros cuando votan lo que quieren y lo que quieren sale. En España se lleva más la moda de la rapidez y dinamismo orgánico, los órganos intermedios que dan segundas, terceras y cuartas lecturas de lo que la militancia de base opina, seguramente enfocados a desarrollar esa disciplina hispánica que consiste en que "te ayudo a pensar mejor porque a ti se te ve espesito", y luego están los delfínes. En España hemos creado, mediante una intensa investigación genética, nuevas subespecies de delfín. Tenemos incluso delfines que se autoreproducen, como las estrellas de mar.
En este entramado de procesos a la velocidad de la luz, gabinetes de repensamiento y delfines autoclonados hay quien consigue encontrarle un sentido a todo. Se preguntan ¿y si la mayoría decide mal?.
Son muchas personas los que a lo largo de la historia se han preguntado si las mayorías pueden equivocarse. La solución a todo esto normalmente desemboca en que si la mayoría se puede equivocar lo mejor es que tome la decisión una minoría. Aritméticamente no me dirán que no resulta brillante. Casualmente confluyen dos circunstancias arrolladoramente sorprendentes en este tipo de propuestas. La primera es que quien lo propone no forma parte de la mayoría equivocada, y la segunda es que quien lo propone se propone a si mismo para formar parte de la minoría que decide.
Se puede interpretar además de manera subyacente que quien propone evitar que las mayorías puedan equivocarse normalmente escogerá el momento en que esa mayoría, según esta persona, se equivoque, para activar los resortes de la corrección. Es decir que no solo formula la cuestión como una mera hipótesis, es que además será esta misma persona la que decida cuando y cómo la mayoría se equivocará, según los criterios de lo que esta persona considere qué es un error y qué es un acierto. Es más, la propia mayoría solo sabrá que se ha equivocado cuando le informe de ello una minoría. Que decidan cuando te vas a equivocar y en qué hace la vida mucho más cómoda, las cosas como son.
Si la minoría es una minoría escogida en su momento para representar a la mayoría el juego es desaforado. Se le mandata a la minoría para representar a la mayoría durante un periodo desarrollando grandes actuaciones pactadas entre minoría y mayoría, y la minoría acaba entrando en los cuartos de baño de la mayoría para cepillarnos los dientes por las mañanas. Escogiéndonos el cepillo y la marca de la pasta. La minoría elegida es la minoría para todo, por todo, y lo único que le falta es que sea para siempre. Para esto último se desarrollaron los delfines autoreproducidos de manera asexuada citados antes.
Este cúmulo de procedimientos ofrecen un sosiego brutal a la ciudadanía, épocas de extraordinaria placidez en donde se producen dos fenómenos tranquilizadores. El primero es que uno ya sabe lo que va a salir elegido en un proceso decisorio o electivo antes de que el proceso decisorio o electivo se produzca. El segundo es que a la hora de la toma de decisiones políticas lo que opine la mayoría importará tres pimientos porque estas decisiones se tomarán de igual forma aunque la mayoría no estuviera de acuerdo, con lo cual uno ya lo sabe previamente. No quiero decir que la mayoría, por ser mayoría, tenga que estar obligatoriamente en contra. Lo que quiero decir es que aunque la mayoría estuviera en contra en la práctica no implicaría absolutamente nada. La previsibilidad es absoluta.
En el hipotético caso en el que la mayoría pretendiera ser decisiva tendría que plantearse seriamente convertirse en minoría. Solo siendo menos se puede ser decisivos. Las mayorías tendrían que plantearse el expulsar miembros aleatoriamente, implantar cuotas máximas e ir fragmentando a sus miembros en segmentos, o disfrazarse de minorías (aunque meter tres personas en un traje es algo complejo), nunca coincidir los mismos en las mismas habitaciones (para esto es fundamental tener teléfonos móviles con internet para coordinarse) o que muchos se disfracen de la misma persona y sustituirse haciendo turnos. El caso es ser menos. Vale perfectamente imitar voces por teléfono para confundir, y creer que solo hay una persona al otro lado de la línea y no veinticinco.
Hágame caso, posicionarse con la mayoría en España es complicarse la vida. Basta con que ustedes sean muchos para que su crédito se desplome. No le escucharán, dirán que está usted loco, que a donde va con tanta gente opinando igual, que a quien se le ocurre, que su opinión no importa porque usted no sabe de estas cosas. El futuro está en ser de la minoría. De la minoría que sabe. Cuantos menos sean ustedes mejor. Es más, si se queda usted solo en una habitación es muy posible que su poder sea arrollador, porque desde luego si espera a tener alguna influencia siendo de la mayoría en España me temo que está usted aviado.
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