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Quo vadis socialismo?



La actualidad huele a cambio: cualquiera que frecuente a sus conciudadanos y lo haga sin prejuicios, puede constatarlo. En el “totum revolutum” de los últimos acontecimientos políticos todas las quinielas sobre victorias y derrotas de hace un año ya no sirven para nada, y eso que en política doce meses no es mucho. Los ciudadanos tienden a castigar las actitudes irreflexivas, la renovación improvisada de discursos y el remozado de programas sobre la marcha.


La terrible crisis que sufre España funciona como un potente catalizador del cansancio que produce en la ciudadanía la estrechez de miras y la falta de categoría de los políticos, hartazgo que hasta hace un par de años se encontraba en estado latente. Ante esta revolución del estado emocional de la ciudadanía -de la apatía al cabreo profundo- la mal llamada “clase política” se encuentra en una encrucijada que solo podrá resolver haciendo valer la poca capacidad de renovación que les quede, si es que les queda alguna… cosa que desde aquí dudamos con enorme preocupación.


La coyuntura política y económica del momento hace que perdamos el norte y olvidemos nuestras raíces y referencias, los valores y fundamentos sobre los que se levanta un partido de izquierda. Los progresistas nos sentimos cada vez menos representados por nuestro partido que en aras de una globalización que fagocita el Estado del Bienestar (que tanto trabajo y esfuerzo ha costado implantar como el elemento troncal y prioritario de nuestra sociedad), olvida esos mismos principios esenciales del socialismo: proteger al más débil, apoyar a la clase obrera, una imposición fiscal progresiva, la igualdad de oportunidades etc. Se olvidan bajo la presión de los poderes económicos y financieros, para incrementar los beneficios del gran capital internacional, para atender a meras cuotas de mercado, para que se cumplan los objetivos económicos de esos mismos que nos han sumergido en esta crisis… y siempre abriendo una brecha cada vez más grande entre ricos y pobres. Las clases medias desaparecen sacrificadas como corderos.


La percepción que la sociedad tiene de la clase política es cada día más negativa: da igual que partido nos represente, nadie representa a nadie, cada uno se representa a sí mismo, dando discursos monocromáticos que bien pudieran ser de uno u otro partido, sino fuera por el logo o la música de fondo de los mítines e intervenciones televisivas. Por tanto, ¿qué podemos hacer para que esta percepción cambie? ¿Cómo pintaremos de vivos colores los grises que durante años hemos puesto cobardemente ante los ojos del pueblo? Los vendamos con medias tintas y ahora ellos nos escupen a la cara nuestra propia mentira. ¿Qué estamos haciendo por ellos? ¿Negociar con los culpables de la catástrofe? ¿Venderlos a cambio de que nos compren la deuda que generaron esos mismos financieros criminales? ¿Esa es la política de izquierdas con la que queremos ganar las elecciones?


No, no es este el camino. Apostamos con fuerza por una vuelta a las raíces socialistas, apostamos por la recuperación de los valores sobre los que se fundó el partido, apostamos por una renovación de caras, de nombres, buscando personas que puedan transmitir unos reforzados principios socialistas. Renegamos del aburguesamiento en que nos ha sumergido la permanencia a perpetuidad en cargos públicos. Renegamos de las vacas sagradas que pastan en las poltronas y tronos, incapaces de crear ilusión en los ciudadanos. Apostamos por abrir las ventanas de las Agrupaciones Socialistas, dejemos que entre el aire fresco en La Casa del Pueblo, que acudan nuevos militantes para que sean escuchados y se sientan parte imprescindible de nuestro nuevo proyecto de progreso. Recuperemos la ilusión por transformar la sociedad con las ideas, pero para las personas y los pueblos. Necesitamos una nueva generación de políticos y políticas al frente del Estado.


Aquí, en La Coruña, la ciudadanía reclama a los políticos mayor proximidad a los problemas de calle, reclama naturalidad, frescura, reclama cercanía y el crédito en estas exigencias no es ilimitado: es más, ya está agotado. ¿Qué entendemos de proximidad? La cercanía es pensar como ellos, es ponerse en su lugar, es no creerse dios entre los necios, es estar con ellos en estos momentos difíciles. Pero nadie quiere comprenderlo. Tras 27 años gestionando la Alcaldía con las mismas caras, resulta muy difícil ilusionar a una ciudadanía y menos ante una crisis tan profunda como la que padecemos. Los ciudadanos solo atienden a propuestas que impliquen un cambio en el que necesitan creer, pues saben que seguir por el mismo camino implica su propia ruina. Necesitan personas capaces, que sienta y transmitan con energía la seguridad perdida, personas que aporten nuevos rumbos, caminos que marchen sobre esos valores socialistas que nos son tan necesarios.


En el actual escenario de desilusión generalizada, la cortoplacista derecha sabe remar y pescar de manera formidable con sus mensajes populistas. Los presagios más negros auguran sucesivas victorias del conservadurismo político en las próximas confrontaciones electorales. Para todos aquellos ciudadanos que militamos en el socialismo no puede haber un panorama más inquietante, y nos preguntamos qué proyectos y reformas serían necesarios acometer, de aquí a que los ciudadanos sean llamados a las urnas, para impedir la derrota.


La respuesta a la anterior pregunta es compleja, sin embargo, hay algo que nuestro electorado sí que espera de nosotros: una continua y permanente renovación que nos diferencie de la derecha conservadora, una frescura del discurso progresista que ilusione y sepa configurar respuestas siempre desde la óptica de la defensa de los más desfavorecidos y para ello se torna imprescindible la integración de las listas con candidatos capaces de transmitir credibilidad y que sean reconocidos por algo más que su propia actividad política: queremos, exigimos hombres y mujeres de la sociedad y para la sociedad. Nada hay más progresista que devolver el protagonismo a la militancia de base y nada más eficaz que conformar una lista a base de ciudadanos comprometidos cuyo mayor patrimonio sea la credibilidad. Al fin, recordemos, la realidad huele a cambio: ¿seremos capaces de cambiar nosotros o tendrá que ser ella misma quien imponga su voluntad?



¿ES POSIBLE EL SOCIALISMO EN EL SIGLO XXI?


“El modo de producción de la vida material condiciona los procesos de la vida social, política e intelectual en general. No es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino al contrario: es su ser social el que determina su conciencia.” Esto decía Carlos Marx en su “Contribución a la crítica de la economía política.”

Pero esta determinación no se produce de forma inmediata y clara. Cuando estamos en el interior del ojo del huracán no percibimos la desatada violencia del mismo en toda su dimensión. En la actual y devastadora crisis económica mundial no nos damos cuenta de los efectos que sobre la sociedad está teniendo la llamada Gran Recesión. Se puede afirmar que nada será como antes y que los enfoques teóricos de hoy difícilmente serán válidos mañana.


Cuando salgamos de la crisis nos encontraremos que no podremos volver a los escenarios de antes, que el patrón de crecimiento económico tendrá tasas muy tenues durante mucho tiempo, que el paro se convertirá en estructural, que las llamadas sociedades opulentas lo serán menos y que los desposeídos lo serán en mayor cantidad que hace unos años…

Por otra parte, la dimensión global de la crisis no sólo es económica ya que debajo del iceberg se encuentra algo mucho más profundo: una crisis moral que afecta a todo el entramado social. Las sociedades individualistas basadas en el hiperconsumo y el dinero fácil han cultivado un letal retrovirus que ha minado los cimientos de la cooperación y la solidaridad necesarios para que dichas sociedades elaboren comportamientos colectivos en pro de objetivos comunes, lo cual impide no sólo el progreso social sino que, también, introduce una fragmentación social que hace imposible vehicular los conflictos mediante un mínimo consenso social.

El papel que pueda jugar la izquierda y los partidos socialistas europeos en este contexto social requiere una reformulación completa de su praxis política, si de alguna manera tienen vocación de supervivencia. La disyuntiva a la que nos enfrentamos, consiste por una parte en reformular tanto los objetivos como los medios, lo cual implica como requisito fundamental una nueva alianza social que incluya a los trabajadores y a las enormes bolsas de desempleados y marginados del sistema, e introduzcan frente a la casta de los privilegiados detentadores del poder y del dinero políticas distributivas de corte radical. El reparto del trabajo constituye uno de los elementos claves a reivindicar. La introducción de una renta básica social, otra. El incremento de la progresividad fiscal, imprescindible. El acotamiento de los mercados financieros y su vigilancia permanente, ineludibles.

Pero el problema básico de los partidos socialdemócratas no sólo es de tipo ideológico y de un sustrato social donde apoyarse. El problema básico de la socialdemocracia del siglo XXI es la inadecuación del órgano, el partido, a la función transformadora. Tal como están constituidos y estructurados hoy en día la gran mayoría de los partidos políticos de tradición socialdemócrata, formados y dirigidos por una burocracia endógena basada en la autoreproducción de una casta dirigente cuya colusión con el poder económico y fáctico es más que evidente, toda misión transformadora de la sociedad se hace imposible por muchas fórmulas imaginativas que se elaboren si éstas no van acompañadas de una verdadera transformación de las estructuras internas, basadas en unos modos poco democráticos de concebir la generación de ideas, el recambio de los líderes y la gestación de redes que hagan transpirar al partido con la sociedad y a ésta con el partido.

En definitiva no es que la función haga al órgano. No es que el órgano haga la función. Simplemente es que el órgano está seriamente averiado.


DOCTOR SORGE

Imagen: Marx y Engels en Berlin Alexanderplatz

Os vellos non deben traballar


Senón gozar da última etapa da súa vida. Que é máis longa que antes, pois mellor. Diso se trata. Realmente, compañeiros, vedes a un albanel subido a un andamio con 67 anos? Eu, desde logo, non. Nin a un profesor aturando a meniños de 4 anos ou rapazolos de 15. Nin a un camioneiro ou condutor de autobuses atado ao volante. Claro que, se cadra, verémolos dentro de non moito tempo.


En realidade, como aclarou Cándido Méndez, a idade real de xubilación en España está en 63 anos e 10 meses, é dicir, somos un dos países que ten a idade real máis tardía de xubilación da UE.

Ademais disto cómpre ter en conta algúns datos máis que merecen ser tidos en conta. Segundo a EPA o número de desempregados no último trimestre de do ano aumentou en 203.100 persoas, situándose a taxa de desemprego no 18’8 %. Entre os xoves alcanza o 40%. Podemos deducir, polo tanto, que un dos principais problemas da nosa sociedade reside nas grandes dificultades que teñen os xoves para a súa inserción no mercado laboral. Como consecuencia, a carreira laboral de moitos cidadáns en España é bastante curta, e son moitos os traballadores que chegados os 65 anos non teñen os 35 cotizados para obter o 100% da pensión. A conclusión é obvia: acceder ao mundo laboral antes dos 30 anos resulta difícil, moi difícil.


Realmente, temos un problema na base da pirámide: a sociedade española non é capaz de xerar emprego para os mozos. Ese é o auténtico problema. (E outros que se agachan debaixo da alfombra como unha economía somerxida que supón o 23% do PIB ou a fraude fiscal).

Hai quen argumenta para atrasar a xubilación que bastantes traballadores con cincuenta e pico anos son “prexubilados”. Certo. É unha práctica moi estendida que aplican moitas empresas, e que os sindicatos veñen aceptando con maior o menor entusiasmo e que debería tratar de evitarse, buscando a reinserción laboral deses traballadores. Pero que isto suceda non debe conducirnos á conclusión de que se debe aumentar a idade de xubilación, porque non evitará esta indesexable práctica.

A pesar do dito máis arriba, non me opoño a que se flexibilice a idade de xubilación, en realidade xa existe a posibilidade de que aqueles traballadores que queiran traballar máis alá dos 65 anos poidan facelo en derterminadas condicións conseguindo unha mellora do 2% ou 3% na súa pensión. Probablemente haxa persoas que sexan quen de ofrecer o mellor de si mesmos á sociedade aos 70 anos, sobre todo nalgunhas profesións de carácter intelectual, non llelo impidamos; pero non obriguemos a TODOS a xubilarse aos 67 anos.

Espero, desexo que ao final isto non chegue a término e que como no soneto de Cervantes:

“Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.”

Sempre socialista, Gerardo Morano.


De congresos

Os que militamos nun partido político e/ou nun sindicato sabemos que os congresos son a esencia da democracia interna da organización. Imprescindibles, mais tamén esgotadores. Interminables negociacións, enroques absurdos, principios destrozados, abandonados, olvidados; consensos necesarios. Sempre gaña alguén e sempre alguén sae con feridas máis ou menos fondas.

Para min o mellor dos congresos é a posibilidade de encontrar a persoas moi interesantes e intercambiar opinións con elas e, sobre todo, aprender do que din.

Tiven a sorte de parolar durante uns minutos cun dos sindicalistas máis relevantes de Galicia nos últimos trinta anos; foi un pracer do que tirei algunhas conclusións.

Os socialistas non falamos un idioma socialista e a xente espera que o fagamos. Por exemplo, a palabra igualdade somentes a empregamos na expresión “igualdade de oportunidades”. Pero iso tamén pode dicilo, e faino, un señor de dereitas. Eu teño no meu punto de mira a útopica máxima socialista “de cada un segundo as súas capacidades, a cada un segundo as súas necesidades”. Sei que é imposible, mais non por iso debo esquecela, porque se loito por ela estarei loitando para que diminúan as diferenzas salariais actuais.

Un socialista debe dicir que debe haber un estado forte que garanta o dereito á sanidade é á educación universal é para iso, debe engadir, hai que subir os impostos aos que máis teñen. Que deben eliminarse os impostos indirectos e aumentar os directos. Quen máis recibe da sociedade debe aportar máis á sociedade.

Un socialista debe dicir que a riqueza do capitalismo está a xenerarse coa plusvalía, ou sexa, a parte do valor total da mercancía no que se materializa o plustraballo, ou traballo non retribuído do obreiro. Polo tanto un socialista debe reivindicar que cando se xenera riqueza máis aló do “normal” esa riqueza repercuta nos salarios dos traballadores, que deben obter un incremento proporcional. Se o traballador obtén unha cantidade constante e fixa de medios para o sustento é un escravo non un traballador asalariado. Polo tanto un socialista non pode contentarse con que se incrementen os salarios o que marca o IPC. Porque un socialista debe reivindicar a distribución da riqueza.

Un socialista tamén pode dicir que os sectores estratéxicos da produción deben estar en mans do estado, porque se o estado vale para reflotar a GM tamén debe valer para xestionala. (O estado nortemericano despois de investir 50.000 millóns e facer viable a empresa devolvéraa a aqueles que a fixeron crebar?)

Pero falar socialista é moi incomodo. A coherencia sempre é incómoda, pero normalmente provoca o respecto dos demais. E que chovan pedras.


Gerardo Morano

Recuperemos el socialismo

La ciudadanía europea ha hablado en las urnas, y dicen que para aplicar políticas liberales prefieren a la derecha, que lleva toda su vida haciéndolo.

La socialdemocracia, surgida como opción descafeinada del socialismo marxista, todavía anda perdida por vericuetos morales, ideológicos y económicos, ha perdido el rumbo; los tiempos de bonanza la han cegado, la tormenta de la crisis la está arrastrando a una isla ideológica de la que no saben volver. En cambio, aquellos que han provocado esta debacle internacional y que se siguen forrando (stock options de ejecutivos de multinacionales en quiebra) han sido reforzados en sus teorías neoliberales, los trabajadores siguen apoyando esas políticas del mercado libre, flexibilidad laboral, contención salarial. La derecha ha conseguido que estos principios “smithianos” sean como la biblia, son actos de fe, y aquel que los trate de poner en duda será tratado como un hereje, un iluminado que lo único que pretende es romper las normas de juego.

Y, desde nuestra perspectiva política, ¿qué tenemos pensado hacer? Desde nuestros principios socialistas, ¿qué novedades proponemos? Por ahora poco o nada, eso sí, sacamos panfletos de economistas que recetan más de lo mismo, soluciones a lo Sarkozy, Merkel y compañía. Pues entonces no nos llevemos las manos a la cabeza: si los socialdemócratas defienden las soluciones de la derecha, mejor votar directamente a la derecha, lógico.

¿Hemos motivado a la población en estas elecciones? ¿Hemos planteado soluciones desde el socialismo para los desfavorecidos? ¿Hemos enarbolado nuestros principios frente a la derecha?

Nos hemos “acojonado”. Parece que todavía da miedo o vergüenza hablar de socialismo, de reparto de la riqueza, admitir que el capitalismo no es la solución, que hay que acabar con la dictadura del mercado, con el consumismo desaforado. Pues la ciudadanía es lo que quiere ver, no quiere medias tintas, una de cal y otra de arena. En estos momentos tiene que haber un compromiso serio, no se puede seguir inflando de millones “ipso facto” a grandes multinacionales y estar dilatando las soluciones que demandan los parados, los autónomos y las familias hipotecadas bajo la hipnótica influencia del ladrillo del los Aznar´s friends.

En Europa las candidaturas de los verdes han recibido un fuerte apoyo, quizás porque en estos momentos son los únicos capaces de proponer ideas diferentes que motivan a una parte del electorado; son curiosamente los que más a la izquierda se mueven, simplemente con postulados sobre respeto al medio ambiente, consumo responsable, apoyo a países con hambruna, control en los recursos naturales, energías alternativas, etc., por cierto, ideas a las que en muchos casos ha recurrido la socialdemocracia para rellenar programa electoral pero sin adquirir ningún compromiso en firme, porque llegado el momento priman los intereses de las multinacionales, de los bancos, de los amiguetes constructores, en fin, de la dinámica del mercado libre.

Todo esto -y no otras variantes- es lo que espanta al votante de nuestro partido: los ciudadanos siempre exigirán más compromiso, más claridad y más responsabilidad a la izquierda que a la derecha, porque espera de la izquierda motivación, utopía, soluciones y a veces hasta milagros, aunque después los rentabilicen la Santa Madre Iglesia y la derecha.

El maqui