MANIFIESTO: EXISTE UN NUEVO SOCIALISMO

Nada hay en este mundo más ajeno al socialismo que la privatización de las ideas: la propiedad intelectual. ¿Qué puede ser más socialista que pensar que las ideas pertenecen a todos por igual, a los que las desarrollan, a los que las enseñan, a los que las aprenden, a los que viven de ellas cotidianamente? El socialismo del siglo XXI debe ser el socialismo cognitivo, aquel que propugna la libertad de todo ser humano de aprender todo aquello que considere oportuno sin más límite que su interés personal y su capacidad intelectual; de la misma forma dirá que el hombre es libre de ganarse el pan de cada día con todo aquel conocimiento que sea capaz de desarrollar por sí mismo o aprender de los demás. Ambos preceptos son fundamento primero en que basar las propuestas socialistas para este siglo, pues son estos preceptos la última defensa que resta: si privatizamos los conocimientos, ¿qué queda de común a los hombres? ¿Queda algo que nos una? Si no somos libres de aprender, de tomar conciencia de las cosas, de ganarnos el sustento con aquellos conocimientos que seamos capaces de desarrollar o aprender, ¿de qué sociedad hablamos? ¿Qué libertad nos queda? Si ni tan siquiera podemos decir que somos dueños de nuestra conciencia no somos hombres libres, sino esclavos, y seremos esclavos desde la cuna hasta el último día de nuestra existencia. La simonía es una maniobra gigantesca de expropiación que arroja toda idea de hermandad a lo más profundo de la sentina social. Unos serán los amos del conocimiento, otros pensarán y recibirán como pago por sus servicios las sobras de la mesa de los nuevos señores feudales, el resto -misérrima expresión de aquel excelso ciudadano ilustrado de la república- se arrastrará indefenso y aterrorizado por inculto.

Si el capitalismo industrial evoluciona hacia el simonismo, el socialismo materialista debe evolucionar hacia el socialismo cognitivo, constituyéndose en enemigo de los intentos de expropiar a los pueblos de sus bienes comunes, de aquellos bienes que pertenecen a todos los seres humanos, los que fueron, los que somos y los que serán. El patrimonio universal, el tesoro de la República del Saber es la suma de todos los conocimientos existentes en las mentes de sus ciudadanos. Tales sillares forman el último edificio que da cobijo a ricos y pobres por igual. La propiedad privada de los excedentes dejó fuera a muchos, la apropiación de los bienes de producción arrojó a la calle a una gran mayoría, la expropiación de los conocimientos es el tercer estadio histórico del proceso privatizador. En nuestros días acontece y es momento de actuar. Aún no es demasiado tarde. Si las formas de explotación derivan, el socialismo debe revolver sus posiciones, situarse en un nuevo frente de batalla, no ya sólo como aquél que postula la inconveniencia de la privatización de los bienes de producción que conlleva el dominio de la subestructura social, sino aquel que lucha contra la privatización de la superestructura, los sistemas de producción social del conocimiento, -las mentes, único ente productor y sustentador de ideas- que promueve el simonismo y que deja a las clases trabajadoras como cáscaras vacías sin ser dueñas, ahora, ni de los mismos pensamientos que desarrollan.

Lo he dicho mil veces y lo diré otras mil: no salgo de mi asombro ante tanta pasividad intelectual. ¿Cómo es posible que cuestiones tan elementales pasen desapercibidas a nosotros, los socialistas? Son elementales, pues un examen somero nos desvela el contenido e intención de las propuestas simonitas, pero si es increíble su sencillez, clama al cielo nuestra indiferencia ante la gravedad de los hechos. ¿A qué se debe este monumental despiste?

En una etapa de carestía de ideas - la mayoría opina que el socialismo nada más tiene que decir - se abre ante nuestros ojos un campo inconmensurable de lucha por la igualdad y los Derechos Humanos. ¿Cómo que el socialismo no tiene nada nuevo que decir? Jamás a tenido tanto que decir, pues jamás ha sido tan colosal y perversa la apropiación ilegítima. Escuchad, no se trata de que nos quiten el pan, se trata de que nos roben nuestras propias almas y nuestro derecho a trabajar como mejor sepamos. ¿Cómo es posible que a nadie le importe?

La propiedad intelectual es la falacia más descomunal y descarada desde que en los años oscuros algunos clérigos impostores vendieran los perdones celestiales de su dios a cambio de unas míseras monedas terrenales. Ahora el fraude no es un hecho vergonzoso y aislado, sino todo un sistema de enriquecimiento mezquino que amenaza con aprisionar a toda la humanidad en un callejón sin salida. El capitalismo industrial es monstruoso, y la socialdemocracia minora en gran medida sus excesos; el simonismo es, si cabe, peor, pues nos priva del mismo derecho a poseer nuestras almas, pero la socialdemocracia se suma al asalto de la rex publica inconsciente del error que comete abandonando a millones de seres humanos a su suerte.

Pensadlo un momento, las intuiciones se irán haciendo fuertes: ¿cómo que las ideas pueden ser propiedad privada?, ¿cómo que es lícito limitar el derecho a tomar conciencia del universo?, ¿cómo va a ser legítimo que alguien obtenga el monopolio sobre un objeto industrial alegando que el conocimiento que contiene, o que lo comprende, es propiedad privada?, ¿cómo puede ser congruente negar el derecho a competir en un sistema que basa su presunta y presuntuosa legitimidad en la libre competencia? Todo es mentira, se trata de que algunos se enriquezcan con facilidad eliminando la competencia. No es otra cosa. Vergüenza para aquellos que afirman defender la cultura y proteger a los sabios, ellos son los simonitas, comerciantes de ideas y de almas, y los estúpidos irresponsables que les hacen el trabajo sucio son sus marionetas, dictando leyes que alejan a los pueblos de la luz de las ideas. Y vosotros, los sabios, ¿cuándo comprenderéis que con cada moneda recibida os alejáis de aquellos que debierais defender? La simonía os separa del pueblo. Los simonitas desquebrajan la sociedad, pulverizando los intereses que os unen a todos aquellos que no disponen de la oportunidad de aprender. Usan vuestra sabiduría como infecta mercancía y calláis con la bolsa escondida con vergüenza entre los pliegues de la túnica. Sois la carne de legitimación del latrocinio. Sumaos a esos pocos que ya se revelan por que ya os señalan las propias derechas simonitas como culpables.

Vosotros, socialistas, no cejéis en vuestro intento de acercaros, las intuiciones se transformarán en ideas claras y vigorosas, lo oculto aparecerá a vuestros ojos bajo la luz de la lógica y la seguridad de la prueba incontestable. Otorgadme el beneficio de la duda, otorgaros el derecho a dudar. ¿Y si resulta que tengo razón? ¿Y si resulta que las alternativas que defiendo para recompensar el trabajo de los intelectuales son mucho más justas que la divina propiedad intelectual? ¿Y si tenemos la solución a tanta injusticia delante de nuestras propias narices? Os ruego con humildad que me escuchéis: dedicadle unos minutos. Y todo lo que penséis será vuestra propiedad, tanto como la mía y la mía tanto como la vuestra. En la fluidez del conocimiento nos encontraremos como hermanos. He aquí la fuerza del socialismo del siglo XXI. ¿Si no compartimos las ideas como vamos a compartir el pan? ¿Acaso nos hemos vuelto locos? Os aseguro que la propiedad intelectual es la propuesta más estúpida, egoísta y autodestructiva de toda la historia del hombre. Comprendedlo y entonces contemplaréis al rey desnudo y uniréis vuestra risa, y vuestro llanto, a éste que implora a todos y a quien nadie escucha. Y si es vuestro deseo, éstas, nuestras ideas, se desarrollarán, se multiplicarán y elevarán y recorrerán el mundo como un nuevo espíritu azote del simonismo. Ese espíritu de justicia es el nuevo socialismo y es propiedad de todos. Por ahora.


Carlos Raya de Blas

LA IZQUIERDA COMPLEJA ( II )

Con el permiso de mi buen amigo Anisakis, continúo su artículo “La izquierda compleja I” para centrarme en la economía, esa que Thomas Carlyle definió como “la ciencia lúgubre” y que, sin ánimo de ejercer de adivino, profesión para la que me considero poco dotado, podría llegar a convertirse en la cuestión determinante de la próxima legislatura en España.

El pensamiento económico de la izquierda ha evolucionado bastante desde que en 1867 Marx pronosticara el colapso del sistema capitalista. Ya a finales del siglo XIX, Bernstein consagró la necesidad de revisar las tesis marxistas. Posteriormente, la socialdemocracia hizo suyas las teorías económicas Keynesianas a partir de la publicación en 1936 de la “teoría general sobre el interés, el empleo y el dinero”, obra en la que Keynes ya afirmaba que “las ideas justas o falsas de los filósofos de la economía y de la política tienen más importancia de lo que en general se piensa. A decir verdad, ellas dirigen casi exclusivamente el mundo”.

El pacto entre socialdemócratas y demócratas cristianos tras la segunda guerra mundial permitió la creación y sostenimiento del llamado “estado de bienestar” en Europa, decantando la balanza del lado del capitalismo renano o europeo frente al anglosajón. Un capitalismo en el que el estado participa en mayor o menor grado en la actividad económica y garantiza ciertos derechos económicos a los ciudadanos. Un capitalismo que, en los últimos 15 años, ha sido abiertamente cuestionado por la doctrina económica imperante.

En todo caso, hoy el mecanismo del mercado es casi universalmente aceptado, sin perjuicio de las críticas que se le realizan desde distintos ángulos, entre las que citaré la de su insostenibilidad ecológica y la de su falta de equidad social. Ambas críticas tienen que ver con el papel del estado en la regulación y encauzamiento del mercado: para corregir estas deficiencias del mercado se necesitaría más Estado o, probablemente, mejor Estado. La teoría de los fallos del mercado justifica la intervención pública en base a la existencia de externalidades (p.ej, contaminación), situaciones de competencia imperfecta (p.ej, monopolios) y bienes públicos que no pueden ser eficientemente asignados por el sector privado (p.ej, justicia y defensa, pero también sanidad y educación en Europa).

En la otra orilla, el neoliberalismo económico, sustentado en relevantes aportaciones intelectuales que van de Von Hayek pasando por Milton Friedman y la escuela de Chicago hasta la llamada “economía del lado de la oferta” de Laffer y el monetarismo, pretende la no intervención del estado en el mercado y ha nutrido, si bien de una forma fragmentaria, el pensamiento económico de la derecha: menos impuestos y liberalización de mercados. Curiosamente, la derecha no ha sido demasiado consecuente a la hora de llevar sus conceptos económicos a la práctica y se muestra sistemáticamente partidaria del proteccionismo aduanero (véase EEUU o Francia), además de estar, normalmente, predispuesta a echar más de una mano a aquellos conglomerados industriales o sectores económicos con problemas, en vez de dejarlos caer como preconiza la teoría. Últimamente, la derecha delirante de Bush incluso se ha animado a poner en cuestión la necesidad de equilibrio presupuestario (uno de los dogmas de fe de la ortodoxia económica) llegando a afirmar el vicepresidente Cheney que “el déficit no importa”, cosa por otra parte lógica si se tiene en cuenta que no ha parado de crecer desde que llegaron al poder y que, por el contrario, un liberal americano como Clinton dejó un fuerte superávit cuando abandonó la Casa Blanca.

La economía, al margen de las concepciones ideológicas al respecto, sigue su propia evolución. A finales de los años 90 se puso de moda el concepto de “nueva economía” en la cual, simplificadamente, las nuevas tecnologías y la sociedad del conocimiento permitirían obtener incrementos de productividad sin presionar al alza la inflación, abriendo así un escenario pretendidamente idílico de crecimiento continuado: el fin de los temidos ciclos económicos.

Diez años después, parece que estamos plenamente inmersos en lo que J.K.Galbraith llamó “la era de la incertidumbre” y, si se observa la prensa económica con perspectiva, puede detectarse que los economistas son hoy, en comparación con el pasado, mucho más reacios a hacer predicciones, mientras se interrogan de forma más o menos explícita sobre cuánto tardará en llegar la próxima recesión derivada, tal vez, de las tensiones inflacionistas y/o del sobreendeudamiento de las familias. La primeras tienen que ver con la rígidez de la oferta de muchas materias primas (petróleo, minerales, alimentos, etc), combinada con un incremento de la demanda derivada de los superpoblados países emergentes mientras que el segundo se asocia con la rigidez de la oferta de vivienda y con cierta laxitud de las instituciones financieras, además de las tendencias hiperconsumistas propias de nuestras sociedades.

Para aumentar la incertidumbre, avanza imparable la deslocalización de la industria hacia aquellos países con costes de producción más bajos o con alguna ventaja competitiva singular, un fenómeno que, según los más optimistas, será compensado por la especialización de los países del primer mundo en aquellos procesos productivos de más valor añadido y que requieren mano de obra altamente especializada e innovación (economía del conocimiento, etc). El problema es que, aún asumiendo que sea así, las economías de nuestro entorno tienden a volverse más intensivas en capital que en mano de obra, por lo que será difícil evitar lo que se ha denominado en este foro “el vaciamiento de las clases medias” si no se articulan políticas públicas que compensen el fenómeno. Como dato, en la UE, el peso de los salarios en el PIB se ha reducido aproximadamente un 15% en los últimos 30 años y esta tendencia se acelera progresivamente.

Con estos mimbres, ¿hacia dónde podrían evolucionar las ideas económicas de la izquierda? Por razones de espacio, dejaremos esto para un próximo artículo. Lo que sí conviene destacar aquí es que las cosas en época de vacas flacas son siempre muy distintas que cuando los citados animales están gorditos y lustrosos y que vivimos tiempos en los que un punto menos de crecimiento o uno más de inflación pueden decidir unas elecciones, factores ambos que no deben ni por un momento hacernos olvidar el énfasis en la sostenibilidad del crecimiento y en su equidad social.

Pablo Arangüena

BIOÉTICA Y BIOTECNOLOGÍA ( I )

Hay quien ha definido la Ética como una reflexión filosófica sobre el comportamiento humano. Cuando ese comportamiento humano afecta a la vida en sentido amplio, es decir, a la salud de los seres vivos, a la naturaleza que alberga la vida animal y vegetal que conocemos, y reflexionamos filosóficamente sobre él, hemos entrado en el mundo de la Bioética.

En una primera etapa la Bioética se ha venido centrando alrededor del mundo de la medicina en asuntos tan esenciales como el aborto, la eutanasia, el consentimiento informado, las técnicas de reproducción asistida, clonación, investigación de células madre y la terapia génica, entre otros, al ser estas materias fuente de fuertes tensiones, tanto por su naturaleza como por las numerosas implicaciones morales, éticas, religiosas, sociales, económicas y políticas que comportan.

Mi primera reflexión desde la izquierda sobre estos asuntos es la de incentivar y provocar el debate social y ciudadano sobre estas materias atendiendo a la recomendación del Convenio de Asturias sobre Derechos Humanos y Biomedicina (1997). No se está haciendo y es un error. De hecho, los grupos y asociaciones tanto nacionales como internacionales que se han configurado centrados en estos temas, además de estar orientados a la defensa de posicionamientos religiosos y morales concretos, están mas empeñados en crear grupos de opinión y de presión para la defensa de sus propios posicionamientos que para el debate libre y responsable.

Por otra parte, el impresionante avance de la tecnología asociada a la biología a lo largo de la segunda mitad del siglo XX y la aceleración de nuevos descubrimientos tanto científicos como tecnológicos están conformando la biotecnología como un elemento que empieza a tener tal potencialidad de impacto sobre el medio que de hecho está afectando a la propia evolución de las especies.

Desde el punto de vista científico, el siglo XX ha sido el siglo de la química, de la física y del nacimiento de la informática; para muchos, el siglo XXI será el siglo de la biología y la biotecnología. El hombre está demostrando que es capaz de interferir, que no de controlar, la evolución de las especies, y de afectar el hábitat de este planeta sin haber valorado el riesgo que comporta. Y no se puede valorar el riesgo porque la ciencia no ha llegado a tanto, pero sí ha llegado a obtener indicadores que apuntan a hacia un futuro incierto y no sabemos si próximo.

El cambio climático es un problema bioético porque afecta a la vida. Y aquí parece que el Gobierno de España está tomando iniciativas concretas que deberían provocar el debate público tan necesario como deseado. Felicidades a Zapatero por que el asunto no es baladí. Pero dejemos el cambio climático para otra ocasión.

Estos días leí en un periódico que una compañía americana, a través del estudio del ADN y otros, te encontraban la pareja ideal y cosas así. Esta es “la cara amable con el usuario” como diría Jeremy Rifkin en referencia a los avances científicos en el conocimiento del genoma humano y de los códigos genéticos, incluida su manipulación. Es este autor, hoy miembro del comité de sabios que asesoran a ZP para diseñar su programa electoral, el que avanzó hace mas de un decenio la reflexión de que los nuevos instrumentos de la ingeniería genética son, por definición instrumentos eugenésicos, cuya finalidad es mejorar la herencia genética de los seres vivos mediante la manipulación de su código genético. Es la nueva eugenesia, defendida por los importantes grupos farmacéuticos y empresas de biotecnología. ¿Quien puede oponerse a poder, mediante la manipulación genética, procrear hijos más sanos, con mejores defensas para evitar enfermedades? Otra cosa es que a tales oportunidades habitualmente se tiene acceso restringido.
Pero ojo con los avances de la ciencia controlados por los grupos económicos y su comunidad científica asalariada. La sociedad civil ha de tomar partido en el debate, por muy complejo y difícil que resulte, y para ello hace falta información y formación para el debate. (Educación para la ciudadanía)

No quiero pensar en una sociedad dominada por los humanos “gen enriquecidos” según terminología de Lee M. Silver en su fantástico libro “Vuelta al Edén” (Mas allá de la clonación en un mundo feliz), donde preavisa cómo se puede mutar parte de la especie humana a través de la ingeniería genética y dominar a los “gen ordinarios” que acabarían como subespecie sometida a los primeros. A veces el futuro está mas cerca de lo que parece.

Pronto habrá que volver a hablar desde la izquierda de la actualización de las leyes que regulan la interrupción del embarazo. Cada cosa a su tiempo.

Miguel Ángel Jiménez

LA CIUDAD DE LOS MILAGROS

En todo cuento del Islam antiguo se nos aparecen las figuras del sátrapa y del joven héroe enamorado. De figurante suele aparecer también algún pícaro, que en este mundo de todo hay. Ese Islam antiguo llegó a ocupar gran parte de la piel de toro y Almanzor, ese sátrapa cordobés, se alcanzó hasta Compostela para birlarnos las campanas de nuestra primigenia catedral, cosa que logró para su buen provecho y nuestro oprobio, qué se le iba a hacer, por entonces tampoco dábamos para más.
Un milenio después, durmiendo bajo tierra el cordobés, rigió igualmente en Compostela y en la Galicia toda un nuevo sátrapa, uno de esos gobernantes que traen las holgadas y mal digeridas mayorías absolutas, un sátrapa bueno por electo, pero sátrapa al fin. Tuvo aquel sátrapa la ventaja de que en el cuento no había un héroe que le pusiera freno y como ya se sabe que los dioses ciegan a quienes quieren perder, así se estuvo, en las suyas, hasta que el pueblo entero tras heroico combate contra el petróleo lo mandó a su casa; algo que por otra parte ya le llegaba pues el sátrapa iba desde siempre cargado de años. Cuando al sátrapa le intuyeron que ya iba mayor le dio por revisar sus grandes obras para la posteridad, y al no encontrar ninguna, ni falta que hacía por otra parte, convocó consigo mismo un concurso de ideas y dio en parir una nueva catedral, ésta moderna y laica, que le permitiese a su nación, es decir a él mismo (en esto eran uno), hinchar pecho ante el mundo entero.
Desechada una réplica del vaticano, idea africana destinada a fenecer frente a la majestuosidad de la milenaria catedral, dio en concebir una enorme catedral del arte y la cultura, esa moderna y sofisticada religión sin Dios que siempre pasaporta a uno a la historia, además de vestir bien. Reunió a su consejo de bufones, muchos de los cuales pese a la costumbre de asentir a todo, se quedaron perplejos, y optó por canalizar todo en persona y con el bufón del ramo. Imbuido en tal enorme responsabilidad, el subordinado quiso ir más allá del encargo y comprendiendo, tan despejada era su mente, que aquella obra era también la de su vida, puso el mayor empeño y dedicación en la tarea. Razonó que lo primero era encargar el diseño a un moderno Dios de la arquitectura por lo que convocó un concurso de ideas, éste al parecer también consigo mismo pese a no carecer de figurantes, y resolvió confiar en el arquitecto y proyecto que más disparatado le pareciese, pese a las oportunas advertencias de alguno de los figurantes que desde el primer momento predijo el desastre, pero para algo era uno el enviado del sátrapa.
El enviado comprendió desde el principio que la eficacia presupuestaria era por definición un estorbo, ¿acaso se le podía poner precio a la eternidad? y se puso manos a la obra sabedor de que el dinero en circulación siempre genera riqueza. La ejecución de la obra pronto se convirtió en una gran bola de nieve presupuestaria que bajaba ladera abajo sin control, al sátrapa no le importaba, la obra quedaba linda a la vista y al fin y al cabo también las antiguas catedrales habrían costado un huevo. El tiempo fue pasando y un día al sátrapa los periódicos de su nación, que hasta entonces también le reían las gracias, le decidieron que tanto disparate no podía ser silenciado y comenzaron a contar a los ciudadanos lo que había, pues éstos algo intuían pero de natural miraban para otro lado, así que entre unos y otros se puso de moda llamar a las cosas por su nombre y entonces el sátrapa comenzó a intuir su final. El equipo de bufones decidió nombrar de entre ellos al que les pareció más capaz y consultar a los súbditos si les preferían a ellos o a lo que fuera. Los súbditos decidieron por poco apostar por lo que fuera, y así, sintiéndose un poquito más ciudadanos, enviaron a sus casas a toda la corte del sátrapa.
Con los que fuera mezclados en el poder, se intentó poner orden, se crearon comisiones para intentar comprender la cosa y cuanto más se reunían, más nítido se vislumbraba lo oscuro que era el túnel. Al final decidieron que tan ruinoso era seguir con los trabajos como pararlos, así que se optó por acabar la obra y luego ya veríamos, aconsejando de paso alguacil y eventual picota para unos cuantos, encomienda que fue girada al cuerpo de señorías. Mientras esto ocurría en la ciudad de los milagros, nuestros vecinos asturianos, al igual que antes hicieran los vascongados, pensaron en la mejor manera de promocionar culturalmente su comunidad, estudiaron con detalle las posibilidades y sus recursos, se buscaron socios que garantizasen su viabilidad y finalmente acometieron una gran obra, teniendo somero cuidado en el coste de su ejecución. A día de hoy tanto el Guggenheim como la ciudad de la cultura de Gijón son realidades rentables, ejecutadas por iguales genios de la arquitectura, pero pensadas por políticos eficaces. En el antiguo reino del derrocado sátrapa, sus otrora bufones siguen proclamando a los vientos su inocencia mientras que el sumando de los otros gestiona como puede la cuestión a la espera de un milagro. Tal y como están las cosas me apunto a montarle un mausoleo al sátrapa, puede que cuando se le agoten los telediarios devenga en un nuevo Santiago de la derecha hispana, epicentro de peregrinos, que querrán ver el milagro de quien se tornó de servidor de caudillo a sátrapa en la España que se rompe, de paladín de la eficacia a cerebro del disparate, que sirva en definitiva para pregonar la cuestionada eficacia de la gestión popular, oratorio a la fuerza de marianas esperanzas, y es que ya se sabe ….. cuando la fe se tambalea, en la ciudad de los milagros todo es posible.

S.A.R.

LA GESTORÍA SOCIALISTA

Supongo que habrán observado que su seguro servidor de ustedes es un hombre afortunado, en todos los sentidos excepto el de ser poseedor de hacienda o capital, borrascoso, a veces inspirado y sobre todo feliz y suertudo. La felicidad y la suerte me vienen de saber que muchas personas me quieren y otras muchas me odian. Es bueno, que lo odien a uno, sólo un imbécil o un hipócrita puede complacer a todos.

Una de esas personas que me quiere bien es un sindicalista honrado de la Unión General de Trabajadores. Nadie ignora que la UGT y el PSOE son hijos del mismo padre, don Pablo Iglesias, y de la misma madre, la lucha de clases, de ahí que mi amigo y yo compartamos muchas ideas, aunque discrepemos en otras, sobre todo en una: la conveniencia o inconveniencia de la autonomía de la UGT respecto al PSOE; pero eso, si los dioses olímpicos lo consienten, será materia de otro artículo.

El caso es que con el bigote espumoso de cerveza mi amigo ugetista comentó que Alfonso Guerra había dicho que “un sindicalismo que no está imbricado, implicado y comprometido en un proyecto político no es un sindicato, es una gestoría”. Le respondí que, con todos mis respetos para mi admirado Alfonso, eso resultaba una obviedad del mismo calibre que afirmar que la tierra gira alrededor del sol o que las mujeres tienen mayor cantidad de material esponjoso que los hombres.
- Sí - me replica él - pero cuando llega el mes de mayo, como no les hagas la declaración de la renta a los afiliados la llevas clara, se marchan todos a Comisiones o a la CIG.

Una vez en mi modesto apartamento de soltero, calcé mis pantuflas barojianas y me dispuse a ver por enésima vez la que para mí es una de las mejores películas de Woody Allen, Match point, pero ni siquiera la exuberante belleza de Scarlett Johannsen me cautivaba, su sensual imagen permanecía atrapada en mi retina sin conseguir alcanzar mi cerebro.
Una idea me perturbaba con tenacidad compulsiva: ¿acaso no hacen bandera muchos de nuestros políticos de su capacidad de gestión?, ¿acaso no dejan en un segundo plano, o incluso la obvian, cualquier referencia a las ideas políticas? ¿No nos estaremos conviertiendo en un partido de gestores bienintencionados? Sí, sí, sí. Sí a todo, con todos los matices y excepciones que se quieran. Y el sí es más verdad cuanto más próximo es el poder que ejerce nuestro político respecto a las ciudadanos.

Recordé la campaña electoral de nuestro partido en nuestra atlántica ciudad: todo fue un laudatorio recordatorio del maravilloso paseo marítimo, la casa de los peces, los columpios y las aceras que se construyeron durante casi veinticinco años de gestión socialista. Socialista porque así se llama nuestro partido, pues un paseo marítimo o una acera igual puede gestionarlos un alcalde popular. ¿Acaso suponemos que los demás son unos inútiles incapaces de sumar dos y dos?

Ahora, en plena precampaña de las generales, nuestro partido anuncia una supresión del impuesto sobre el patrimonio, medida que bien podría hacer suya el partido popular. Los socialistas tenemos la fortuna de padecer en España una derecha ultracatólica y ultramontana, pues ¿qué sucederá cuando asuman, como hizo la derecha en otros países, que se puede abortar, ser homosexual, o incluso retirar las tropas de Irak? Porque las pensiones dicen que van a subirlas, y a suprimir el IRPF para los que menos ganan.

Nosotros continuamos pregonando que Solbes es magnífico, y lo es, a dios gracias aceptó ir tras ZP. Sin embargo, cualquier socialista consecuente podría y debería poner algunas objeciones a la política económica del gobierno. Ahí va una: nuestra economía lleva 14 años creciendo y España es uno de los países de la UE donde más se han elevado los beneficios empresariales (en el período 1995-2006 un 60% en la zona euro frente a un 114% en España). Es decir, en nuestra economía se ha producido una redistribución de la riqueza creada a favor de las rentas del capital y de la propiedad a costa de las rentas salariales.

Una compromiso electoral ineludible debiera ser el de subir a 700€ durante la próxima legislatura el SMI, puesto que si elevamos el suelo salarial de referencia se contribuye a elevar el salario de los trabajadores. Claro que esto incomodará a muchos, a la patronal y a la banca especialmente, porque si crecen las rentas salariales disminuirán las rentas del capital y la propiedad. Pero esto es hablar en socialista, es recuperar el socialismo que nos da el nombre y probablemente el voto de la izquierda que nos desprecia por blandenques y ambiguos.
No permitamos que se ahoguen en el mar del olvido los principios que nos hacen ser nosotros mismos, pues entonces daremos la razón a los ciudadanos cuando dicen que todos los políticos son iguales.

Lino Lagoa, para servirles a ustedes, desde la izquierda.

CON S DE SANTIDAD

En época de beatificaciones a granel, fútil argumento político, diría el cínico Buñuel: “soy ateo, gracias a Dios”. Quizás Dios también es ateo, Buñuel, porque, si creyese en sí mismo como un ser superior, estaría pecando de soberbia y Dios no peca. Dejemos a Dios en las alturas. Aquí abajo, ser ateo o creyente es un derecho humano. En esta aldea global, creada o no por Dios, y organizada o desorganizada por los hombres, sólo los más avanzados adoptan la democracia como el sistema de gobierno que mejor garantiza los derechos. Sin embargo, la democracia no es el individuo; no tienen idénticas características. La democracia no puede ser atea, agnóstica, pagana o creyente. La democracia, por definición, implica la intervención del hombre, como pueblo, en su propio gobierno. El pueblo se compone de hombres sin o con creencias religiosas; en este caso, además, variadas, relativizadas, personalizadas. Por eso, la democracia ha de ser laica. Por eso, no tenía razón Lévy cuando decía que la democracia es esencialmente atea y sí cuando decía que es el primer régimen que prescinde absolutamente de la religión.

Siendo así, ¿por qué los próceres de la Iglesia interfieren continuamente en nuestra democracia? Una puerta abierta a las interferencias es el artículo 16 de la Constitución, que garantiza que “ninguna confesión tendrá carácter estatal” y también que “los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones” ¿Cuestión de legitimidad o de legitimación? ¿Cuestión de fe? ¿Cuestión de concordatos anacrónicos? La Constitución no está para resolver dudas existenciales, sino para establecer los derechos y deberes del ordenamiento político y social, aunque algunos proclamen que éstos estaban ya contenidos en el orden de la Creación. La Carta Magna no es una carta blanca para que la Iglesia trate de imponer sus preceptos a los ciudadanos, creyentes o no, de un país donde la democracia ha sido una conquista humana, no divina.

Somos ciudadanos de España, no del Vaticano. Si fuésemos ciudadanos del Vaticano, tendríamos que asumir la teocracia del actual estado pontificio, que nació en 1929 por acuerdo entre Mussolini y Pío XI. En 2001, por orden de Juan Pablo II, entró en vigor una nueva Ley Fundamental del Estado, cuyo primer artículo, por si había dudas sobre una posible adaptación a los tiempos, deja claro que “el Sumo Pontífice, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, tiene la plenitud de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial”. Negro sobre blanco, una perfecta definición de dictadura, que Benedicto XVI no se ha cuestionado ni como duda bizantina, ya que considera que, gracias al omnímodo poder papal, la Santa Sede es más sede santa que nunca. Sobran, pues, las lecciones de democracia y ciudadanía viniendo de donde vienen, ya sea por vía de la Providencia, la Conferencia Episcopal o la Embajada.

Tal concentración de poderes en una persona podría preocupar, si no fuera porque el Papa es infalible. Su infalibilidad le permite gobernar sin errores no sólo esa pequeña ciudad-estado dictatorial, sino la gran nación sin estado del Pueblo de Dios, cuyas jerarquías eclesiásticas interfieren en los gobiernos de aquellas naciones-estado con instituciones políticas que muestran síntomas de debilidad democrática. Tal condición de infalibilidad no es innata, ni adquirida personalmente; la tiene el Papa desde el momento en que se le impone al Espíritu Santo como asesor cualificado. Asesor que para sí querría Zapatero. Una campaña “Con S de Santidad” tendría, sin duda, más fuerza interior que “Con Z de Zapatero”. Para unos, con S de santidad, de solemnidad, de serenidad, de simplicidad. Para otros, con S de sinrazón, de superstición, de segregación, de subvención. Para mí, con S y Z de sensatez.

(Publicado en “La Opinión 13-11-07")
Pedro Armas

ZAPATERO ES UN BUEN JUGADOR DE PING PONG

Una tarde de hojas caídas, barridas por el viento me encontré a un buen amigo al que hacía tiempo que no veía y nos metimos en un bar a tomarnos un vino y espantar el frío. Mi amigo X es profesor y de izquierdas. Todos los buenos profesores son de izquierdas y él es un magnífico profesor. Que nadie se atreva a contradecirme pensando que conoce a decenas, cientos, miles de buenos profesores que son de derechas. No, porque es imposible. Es como decir que conocemos un negro blanco o una COPE tolerante y racional. Imposible. Se creerán que son de derechas e incluso votarán al PP, pero si de verdad son buenos profesores, son profesores de izquierdas. Les sucederá como a Vargas Llosa neoliberal acérrimo y mesiánico que no deja de parir buenas novelas de izquierdas. Porque un buen profesor enseña a pensar, si se piensa se es crítico, si se es crítico se acaba queriendo eliminar la putrefacción que rodea a uno y eso entra en contradicción con el adjetivo conservador que define a un individuo de derechas.

Pero volvamos a mi amigo X. Cuando le pregunté qué tal le iba en su oficio me respondió que casi siempre les ganaba al ping pong a sus alumnos. Yo puse cara de queyoyapeinocanasnotequedesconmigo y entonces me explicó la teoría que había desarrollado en los últimos tiempos sobre la enseñanza.
Se considera un jugador de ping pong que lanza la pelota, que son los conocimientos, los valores, las ideas, al campo del alumnado y éste se la devuelve inalterada. La clave está en enviársela de nuevo hasta que les cuele, para lo cual se debe tener muchos reflejos, pues ellos son más, más jóvenes y muy tenaces. Por supuesto se pierden muchos puntos, pero, según el, lo importante es ganar la partida. Al llegar a cierta edad, él imparte clases en la ESO, me aclara, no quieren aprender, rechazan todo mensaje por el mero hecho de que proviene de alguien ajeno a ellos, mayor que ellos y que no sale en la televisión. No lo discuten, no lo analizan, simplemente lo repelen. Por eso, recalcó, su misión consiste en reenviársela con otro efecto distinto, desde otro ángulo, con mayor fuerza o intensidad o con una suave dejada, de cualquier nueva o vieja forma hasta que les cuela. Y mientras la bola va colando, van aprendiendo fórmulas de física y unas cuantas realidades de la vida.

Yo creo que ZP es como mi amigo X, no en vano fue profesor, pues continuamente está lanzando mensajes, buenas ideas, que muchas veces se concretan en leyes útiles a la sociedad. Pero por mucho efecto que les dé, por muy bien que las coloque tiene enfrente a una hueste de adolescentes envejecidos liderados por un ceceante barbudo del noroeste peninsular que las devuelven todas. Son un inmenso octopus cuyos tentáculos alcanzan los medios de comunicación, el mundo de las finanzas, la jerarquía católica nacional y buena parte del poder judicial. Y como eternos adoloscentes acartonados, hieratizados por el paso del tiempo se niegan a comprender, reflexionar, porque quien envía la bola no es de los de ellos.
Dada su forma de entender la vida juzgan que quien no está con ellos está contra ellos y como presentan cierta tendencia a la megalomanía suelen tomar la parte por el todo y acaban concluyendo que ese quien (o sea ZP) es una amenaza para toda la sociedad, es decir, para ESPAÑA (con mayúsculas) y debe ser eliminado o cuando menos neutralizado.

ZP ha perdido bastantes puntos, algunos fáciles, pero aún así lo considero un buen jugador de ping pong. Sobre todo, un jugador que no se rinde, que pone todo su empeño en cada saque, en cada revés, en cada dejada. Y espero que desde la izquierda coloque un mate imposible de devolver. Y que se muerdan la lengua de desesperación y se atraganten de rabia otros cuatro años más.

Mi amigo y yo que amamos españa (con minúsculas, porque la nuestra es la españa de los que no somos importantes) nos despedimos con una sonrisa y una viril sacudida de nuestras prendas de abrigo y cuando me había alejado unos cuantos pasos, él, que es profesor de izquierdas que vota a la izquierda y más inteligente que yo, me llamó y me dijo:
- Oye, en la izquierda también hay muchos de derechas.
- ¿Por qué lo dices? – ya dije que es más inteligente y además me pilló descolocado.
- ¡Coño, porque no piensan!


Lino Lagoa, para servirles a ustedes, desde la izquierda.

LAKOFF, EL MARKETING POLÍTICO Y LA DERECHA ESPAÑOLA

Los profanos en la materia suelen caer en el error de identificar el marketing con la publicidad o con las técnicas de venta. En realidad, el marketing es más que eso: empieza estudiando las necesidades de los consumidores, los productos competidores y la segmentación del mercado (marketing estratégico). Después pasa a definir el producto sobre la base del análisis estratégico anterior y solo finalmente lo “comunica” al mercado objetivo a través de técnicas como la publicidad, venta directa, relaciones públicas, etc.

Desde el punto de vista del marketing político, considerando una democracia mediática y compleja como la que vivimos, en la que el impacto de las noticias recibido desde una gran cantidad de medios de comunicación es la principal fuente modeladora de la opinión política, la fabricación de un mensaje coherente que se transmita a dichos medios por parte de los partidos adquiere una relevancia decisiva. Hay que saber lo que se quiere transmitir y hay que transmitirlo eficazmente para que el cuerpo electoral perciba una voz con sentido y no un batiburrillo deslabazado o, peor aún, contradictorio. Algo así como vender realidades políticas complejas y difíciles de explicar.

George Lakoff, lingüista cognitivo, en su muy recomendable libro “No pienses en un elefante” explica algunos descubrimientos muy significativos en este terreno. En primer lugar sostiene que el proceso de decisión del voto (que es, a fin de cuentas, un proceso cognitivo) viene determinado por los “marcos de referencia”, es decir, metáforas que subyacen a nuestro proceso de entendimiento, como la del padre estricto, que configura las mentes de los conservadores, y la del padre protector, que configura las de los progresistas. Según su tesis, los conservadores estadounidenses (gracias mayormente a sus bien financiados “think tanks”) han descubierto y entendido hace tiempo el significado de los marcos de referencia aplicándolo con gran éxito a la política y consiguiendo triunfos a menudo incomprensibles por los despistados demócratas. Puntualizando, para comprender estos conceptos en toda su amplitud es conveniente considerar que todos tenemos ambos modelos (padre estricto y padre protector) en nuestro cerebro, aunque estemos centrados en uno solo de los dos.

La derecha española, seguidora de la consolidada tradición castiza del “que inventen ellos” parece haber tomado buena nota del descubrimiento de sus primos porque desde que pasó a la oposición ha adoptado una línea de comunicación con pocas (una de ellas su delirante teoría conspirativa sin duda propia de un complejo de culpa agudo) variaciones: repite machaconamente determinados eslóganes que conectan con su mensaje subyacente (eficacia, orden y autoridad) y que gustan a sus bases: ruptura de ESSSPAÑA + claudicación al chantaje terrorista + ineficacia del gobierno, que sería una especie de padre demasiado benévolo, tanto respecto de los nacionalistas como de los terroristas como de los inmigrantes como de los delincuentes (categoría residual muy elástica) en general. Un mensaje “simple” que, justamente por ello, conecta a la perfección con los marcos o metáforas del votante derechista. Tal vez pueda argumentarse que esta estrategia sería más adecuada para una sociedad como la norteamericana que para la española, acaso más escorada hacia el centro-izquierda. En todo caso, nuestra juguetona derecha lo está intentando tenazmente. Si su mensaje cala, como parece que podrían indicar las encuestas (véase la última del CIS, con solamente 2,3 puntos de diferencia) el Psoe debe ser capaz de armar un mensaje de similar eficacia de cara a sus bases y que permita su movilización, toda vez que, según el sentir común, la abstención de la llamada “izquierda volátil” es el mayor enemigo electoral del PSOE.

Hilando con todo lo anterior, Lakoff reflexiona sobre la unidad de la derecha norteamericana, más diversa que la española (hay desde partidarios de la supremacía blanca a gente que sostiene que Darwin era un loco peligroso pasando por el grupo de moda, aparentemente en ligero declive, los neocons), a pesar de lo cual parece haber aprendido a colaborar generando un discurso común y negociando concesiones mutuas entre las distintas facciones. En contraste, menciona seis clases de progresistas (socioeconómicos, identitarios, ecologistas, libertarios, espiritualistas y antiautoritarios), cada una de las cuales está convencida de ser los “auténticos” progresistas y ve con cierto recelo a las demás. Al margen de que estas categorías no son del todo extrapolables a España, lo importante es que el concepto sí lo es: cada izquierdista hace especial énfasis en determinado aspecto político (igualdad, libertad, ecologismo, sexo tántrico…) y se desencanta, absteniéndose en consecuencia, si no se le presta, a su juicio, suficiente atención.

Asumiendo esta idea y volviendo al tema de articular un mensaje común que pueda encajar con los marcos de referencia de todos los izquierdistas y movilizarlos para que vayan a votar, en mi opinión debería ser un mensaje de índole negativa: el rechazo a la ultraderecha representada por el ala dura del PP y que ha llevado la voz cantante durante toda esta legislatura. Todo izquierdista de bien quiere ver a Acebes y a Zaplana barridos de la política española y estará con seguridad dispuesto a moverse hasta un colegio electoral para conseguirlo, incluso aunque caigan chuzos de punta. Por ello hay que centrar el fuego en los Acebes y Zaplana, sin olvidar un hecho sobre el que se ha pasado de puntillas en España, en mi opinión infravalorando claramente su importancia: las mechas de color caoba que han salpicado en algunas imágenes la tradicionalmente oscurísima cabellera de Aznar y que son ofensivamente impropias de un sobrio varón español contrario al matrimonio gay y, a mayor abundamiento, casado con una Señora de las de toda la vida como Ana Botella, que es, probablemente, la que le ha prestado el tinte. Un símbolo cristalino de las imposturas del PP.

La idea- fuerza sería: la derecha española ha sido secuestrada por la ultraderecha de la teoría de la conspiración, opusina, legionaria de Cristo Rey, partidaria de la guerra de Irak, amiga de Bush, bronca y hostil, que mintió el 11M, y que quiere volver a gobernar a costa de lo que sea, incluyendo el Tribunal Constitucional, la unidad antiterrorista o lo que le pongan por delante.
Para liberarla (a la derecha, digo) hay que jubilar de una vez por todas a la ultraderecha. Otras mercancías (permítaseme la licencia) como ley de dependencia, crecimiento económico, rigor medioambiental o consolidación del estado de bienestar podrían venderse bien, pero siempre aderezadas o sazonadas con el primer mensaje: jubilar a la ultaderecha. En síntesis: Izquierda dinámica + JUBILACIÓN DE LA ULTRADERECHA. O dicho de otro modo: será mucho, mucho, mucho más apetecible para un votante estándar de izquierdas (o sea, tendencialmente viciosillo y morboso) ir a votar el 9M para jubilar a esa irritante panda de ultraderechistas, que en base a otras consideraciones, sin duda mucho más políticamente correctas. O una tercera versión: en determinadas ocasiones las elecciones no las gana el gobierno, las pierde la oposición.
Siempre y cuando lo permita la economía...


Por piedad, compañeros, leed a Lakoff. Compañeras, vosotras también. No lo digo yo, lo ha dicho Pepe Blanco. Seguro que así hacéis más caso. Nos conocemos.


ANISAKIS