Nada hay en este mundo más ajeno al socialismo que la privatización de las ideas: la propiedad intelectual. ¿Qué puede ser más socialista que pensar que las ideas pertenecen a todos por igual, a los que las desarrollan, a los que las enseñan, a los que las aprenden, a los que viven de ellas cotidianamente? El socialismo del siglo XXI debe ser el socialismo cognitivo, aquel que propugna la libertad de todo ser humano de aprender todo aquello que considere oportuno sin más límite que su interés personal y su capacidad intelectual; de la misma forma dirá que el hombre es libre de ganarse el pan de cada día con todo aquel conocimiento que sea capaz de desarrollar por sí mismo o aprender de los demás. Ambos preceptos son fundamento primero en que basar las propuestas socialistas para este siglo, pues son estos preceptos la última defensa que resta: si privatizamos los conocimientos, ¿qué queda de común a los hombres? ¿Queda algo que nos una? Si no somos libres de aprender, de tomar conciencia de las cosas, de ganarnos el sustento con aquellos conocimientos que seamos capaces de desarrollar o aprender, ¿de qué sociedad hablamos? ¿Qué libertad nos queda? Si ni tan siquiera podemos decir que somos dueños de nuestra conciencia no somos hombres libres, sino esclavos, y seremos esclavos desde la cuna hasta el último día de nuestra existencia. La simonía es una maniobra gigantesca de expropiación que arroja toda idea de hermandad a lo más profundo de la sentina social. Unos serán los amos del conocimiento, otros pensarán y recibirán como pago por sus servicios las sobras de la mesa de los nuevos señores feudales, el resto -misérrima expresión de aquel excelso ciudadano ilustrado de la república- se arrastrará indefenso y aterrorizado por inculto.
Si el capitalismo industrial evoluciona hacia el simonismo, el socialismo materialista debe evolucionar hacia el socialismo cognitivo, constituyéndose en enemigo de los intentos de expropiar a los pueblos de sus bienes comunes, de aquellos bienes que pertenecen a todos los seres humanos, los que fueron, los que somos y los que serán. El patrimonio universal, el tesoro de la República del Saber es la suma de todos los conocimientos existentes en las mentes de sus ciudadanos. Tales sillares forman el último edificio que da cobijo a ricos y pobres por igual. La propiedad privada de los excedentes dejó fuera a muchos, la apropiación de los bienes de producción arrojó a la calle a una gran mayoría, la expropiación de los conocimientos es el tercer estadio histórico del proceso privatizador. En nuestros días acontece y es momento de actuar. Aún no es demasiado tarde. Si las formas de explotación derivan, el socialismo debe revolver sus posiciones, situarse en un nuevo frente de batalla, no ya sólo como aquél que postula la inconveniencia de la privatización de los bienes de producción que conlleva el dominio de la subestructura social, sino aquel que lucha contra la privatización de la superestructura, los sistemas de producción social del conocimiento, -las mentes, único ente productor y sustentador de ideas- que promueve el simonismo y que deja a las clases trabajadoras como cáscaras vacías sin ser dueñas, ahora, ni de los mismos pensamientos que desarrollan.
Lo he dicho mil veces y lo diré otras mil: no salgo de mi asombro ante tanta pasividad intelectual. ¿Cómo es posible que cuestiones tan elementales pasen desapercibidas a nosotros, los socialistas? Son elementales, pues un examen somero nos desvela el contenido e intención de las propuestas simonitas, pero si es increíble su sencillez, clama al cielo nuestra indiferencia ante la gravedad de los hechos. ¿A qué se debe este monumental despiste?
En una etapa de carestía de ideas - la mayoría opina que el socialismo nada más tiene que decir - se abre ante nuestros ojos un campo inconmensurable de lucha por la igualdad y los Derechos Humanos. ¿Cómo que el socialismo no tiene nada nuevo que decir? Jamás a tenido tanto que decir, pues jamás ha sido tan colosal y perversa la apropiación ilegítima. Escuchad, no se trata de que nos quiten el pan, se trata de que nos roben nuestras propias almas y nuestro derecho a trabajar como mejor sepamos. ¿Cómo es posible que a nadie le importe?
La propiedad intelectual es la falacia más descomunal y descarada desde que en los años oscuros algunos clérigos impostores vendieran los perdones celestiales de su dios a cambio de unas míseras monedas terrenales. Ahora el fraude no es un hecho vergonzoso y aislado, sino todo un sistema de enriquecimiento mezquino que amenaza con aprisionar a toda la humanidad en un callejón sin salida. El capitalismo industrial es monstruoso, y la socialdemocracia minora en gran medida sus excesos; el simonismo es, si cabe, peor, pues nos priva del mismo derecho a poseer nuestras almas, pero la socialdemocracia se suma al asalto de la rex publica inconsciente del error que comete abandonando a millones de seres humanos a su suerte.
Pensadlo un momento, las intuiciones se irán haciendo fuertes: ¿cómo que las ideas pueden ser propiedad privada?, ¿cómo que es lícito limitar el derecho a tomar conciencia del universo?, ¿cómo va a ser legítimo que alguien obtenga el monopolio sobre un objeto industrial alegando que el conocimiento que contiene, o que lo comprende, es propiedad privada?, ¿cómo puede ser congruente negar el derecho a competir en un sistema que basa su presunta y presuntuosa legitimidad en la libre competencia? Todo es mentira, se trata de que algunos se enriquezcan con facilidad eliminando la competencia. No es otra cosa. Vergüenza para aquellos que afirman defender la cultura y proteger a los sabios, ellos son los simonitas, comerciantes de ideas y de almas, y los estúpidos irresponsables que les hacen el trabajo sucio son sus marionetas, dictando leyes que alejan a los pueblos de la luz de las ideas. Y vosotros, los sabios, ¿cuándo comprenderéis que con cada moneda recibida os alejáis de aquellos que debierais defender? La simonía os separa del pueblo. Los simonitas desquebrajan la sociedad, pulverizando los intereses que os unen a todos aquellos que no disponen de la oportunidad de aprender. Usan vuestra sabiduría como infecta mercancía y calláis con la bolsa escondida con vergüenza entre los pliegues de la túnica. Sois la carne de legitimación del latrocinio. Sumaos a esos pocos que ya se revelan por que ya os señalan las propias derechas simonitas como culpables.
Vosotros, socialistas, no cejéis en vuestro intento de acercaros, las intuiciones se transformarán en ideas claras y vigorosas, lo oculto aparecerá a vuestros ojos bajo la luz de la lógica y la seguridad de la prueba incontestable. Otorgadme el beneficio de la duda, otorgaros el derecho a dudar. ¿Y si resulta que tengo razón? ¿Y si resulta que las alternativas que defiendo para recompensar el trabajo de los intelectuales son mucho más justas que la divina propiedad intelectual? ¿Y si tenemos la solución a tanta injusticia delante de nuestras propias narices? Os ruego con humildad que me escuchéis: dedicadle unos minutos. Y todo lo que penséis será vuestra propiedad, tanto como la mía y la mía tanto como la vuestra. En la fluidez del conocimiento nos encontraremos como hermanos. He aquí la fuerza del socialismo del siglo XXI. ¿Si no compartimos las ideas como vamos a compartir el pan? ¿Acaso nos hemos vuelto locos? Os aseguro que la propiedad intelectual es la propuesta más estúpida, egoísta y autodestructiva de toda la historia del hombre. Comprendedlo y entonces contemplaréis al rey desnudo y uniréis vuestra risa, y vuestro llanto, a éste que implora a todos y a quien nadie escucha. Y si es vuestro deseo, éstas, nuestras ideas, se desarrollarán, se multiplicarán y elevarán y recorrerán el mundo como un nuevo espíritu azote del simonismo. Ese espíritu de justicia es el nuevo socialismo y es propiedad de todos. Por ahora.
Carlos Raya de Blas
Si el capitalismo industrial evoluciona hacia el simonismo, el socialismo materialista debe evolucionar hacia el socialismo cognitivo, constituyéndose en enemigo de los intentos de expropiar a los pueblos de sus bienes comunes, de aquellos bienes que pertenecen a todos los seres humanos, los que fueron, los que somos y los que serán. El patrimonio universal, el tesoro de la República del Saber es la suma de todos los conocimientos existentes en las mentes de sus ciudadanos. Tales sillares forman el último edificio que da cobijo a ricos y pobres por igual. La propiedad privada de los excedentes dejó fuera a muchos, la apropiación de los bienes de producción arrojó a la calle a una gran mayoría, la expropiación de los conocimientos es el tercer estadio histórico del proceso privatizador. En nuestros días acontece y es momento de actuar. Aún no es demasiado tarde. Si las formas de explotación derivan, el socialismo debe revolver sus posiciones, situarse en un nuevo frente de batalla, no ya sólo como aquél que postula la inconveniencia de la privatización de los bienes de producción que conlleva el dominio de la subestructura social, sino aquel que lucha contra la privatización de la superestructura, los sistemas de producción social del conocimiento, -las mentes, único ente productor y sustentador de ideas- que promueve el simonismo y que deja a las clases trabajadoras como cáscaras vacías sin ser dueñas, ahora, ni de los mismos pensamientos que desarrollan.
Lo he dicho mil veces y lo diré otras mil: no salgo de mi asombro ante tanta pasividad intelectual. ¿Cómo es posible que cuestiones tan elementales pasen desapercibidas a nosotros, los socialistas? Son elementales, pues un examen somero nos desvela el contenido e intención de las propuestas simonitas, pero si es increíble su sencillez, clama al cielo nuestra indiferencia ante la gravedad de los hechos. ¿A qué se debe este monumental despiste?
En una etapa de carestía de ideas - la mayoría opina que el socialismo nada más tiene que decir - se abre ante nuestros ojos un campo inconmensurable de lucha por la igualdad y los Derechos Humanos. ¿Cómo que el socialismo no tiene nada nuevo que decir? Jamás a tenido tanto que decir, pues jamás ha sido tan colosal y perversa la apropiación ilegítima. Escuchad, no se trata de que nos quiten el pan, se trata de que nos roben nuestras propias almas y nuestro derecho a trabajar como mejor sepamos. ¿Cómo es posible que a nadie le importe?
La propiedad intelectual es la falacia más descomunal y descarada desde que en los años oscuros algunos clérigos impostores vendieran los perdones celestiales de su dios a cambio de unas míseras monedas terrenales. Ahora el fraude no es un hecho vergonzoso y aislado, sino todo un sistema de enriquecimiento mezquino que amenaza con aprisionar a toda la humanidad en un callejón sin salida. El capitalismo industrial es monstruoso, y la socialdemocracia minora en gran medida sus excesos; el simonismo es, si cabe, peor, pues nos priva del mismo derecho a poseer nuestras almas, pero la socialdemocracia se suma al asalto de la rex publica inconsciente del error que comete abandonando a millones de seres humanos a su suerte.
Pensadlo un momento, las intuiciones se irán haciendo fuertes: ¿cómo que las ideas pueden ser propiedad privada?, ¿cómo que es lícito limitar el derecho a tomar conciencia del universo?, ¿cómo va a ser legítimo que alguien obtenga el monopolio sobre un objeto industrial alegando que el conocimiento que contiene, o que lo comprende, es propiedad privada?, ¿cómo puede ser congruente negar el derecho a competir en un sistema que basa su presunta y presuntuosa legitimidad en la libre competencia? Todo es mentira, se trata de que algunos se enriquezcan con facilidad eliminando la competencia. No es otra cosa. Vergüenza para aquellos que afirman defender la cultura y proteger a los sabios, ellos son los simonitas, comerciantes de ideas y de almas, y los estúpidos irresponsables que les hacen el trabajo sucio son sus marionetas, dictando leyes que alejan a los pueblos de la luz de las ideas. Y vosotros, los sabios, ¿cuándo comprenderéis que con cada moneda recibida os alejáis de aquellos que debierais defender? La simonía os separa del pueblo. Los simonitas desquebrajan la sociedad, pulverizando los intereses que os unen a todos aquellos que no disponen de la oportunidad de aprender. Usan vuestra sabiduría como infecta mercancía y calláis con la bolsa escondida con vergüenza entre los pliegues de la túnica. Sois la carne de legitimación del latrocinio. Sumaos a esos pocos que ya se revelan por que ya os señalan las propias derechas simonitas como culpables.
Vosotros, socialistas, no cejéis en vuestro intento de acercaros, las intuiciones se transformarán en ideas claras y vigorosas, lo oculto aparecerá a vuestros ojos bajo la luz de la lógica y la seguridad de la prueba incontestable. Otorgadme el beneficio de la duda, otorgaros el derecho a dudar. ¿Y si resulta que tengo razón? ¿Y si resulta que las alternativas que defiendo para recompensar el trabajo de los intelectuales son mucho más justas que la divina propiedad intelectual? ¿Y si tenemos la solución a tanta injusticia delante de nuestras propias narices? Os ruego con humildad que me escuchéis: dedicadle unos minutos. Y todo lo que penséis será vuestra propiedad, tanto como la mía y la mía tanto como la vuestra. En la fluidez del conocimiento nos encontraremos como hermanos. He aquí la fuerza del socialismo del siglo XXI. ¿Si no compartimos las ideas como vamos a compartir el pan? ¿Acaso nos hemos vuelto locos? Os aseguro que la propiedad intelectual es la propuesta más estúpida, egoísta y autodestructiva de toda la historia del hombre. Comprendedlo y entonces contemplaréis al rey desnudo y uniréis vuestra risa, y vuestro llanto, a éste que implora a todos y a quien nadie escucha. Y si es vuestro deseo, éstas, nuestras ideas, se desarrollarán, se multiplicarán y elevarán y recorrerán el mundo como un nuevo espíritu azote del simonismo. Ese espíritu de justicia es el nuevo socialismo y es propiedad de todos. Por ahora.
Carlos Raya de Blas