EL PARAÍSO PERDIDO

Este artículo surge a raíz de un comentario de un amable compañero, Vaticano, sobre la relación, según el inevitable, entre socialismo y ecologismo, el ecosocialismo. Comentario que me da píe para poner sobre la mesa uno de los problemas más importantes para el ser humano como especie: la destrucción ambiental.

Decía que según algunas opiniones, socialismo y ecologismo son lo mismo, o por lo menos están íntimamente, inevitablemente, casi fatídicamente relacionados. Directamente: no estoy de acuerdo. La teoría del “colapso ecológico” relacionándola con el mito – sí, mito, a las pruebas me remito – del inminente “hundimiento o colapso del capitalismo” no tienen ninguna base (parece que nos hemos anclado cómodamente en la 1º Internacional). Intentaré explicar por qué digo esto.

Desde luego, yo no soy ningún especialista en marxismo (me muevo en el conocimiento común, que no lugar común), pero tengo entendido que su tesis básica se centraba (y centra) en el reparto de la escasez mediante la justicia social; hoy, el neoliberalismo promete superar las dificultades del reparto de la escasez mediante la superproducción (apoyándose, entre otras, pero básicamente, en la técnica).

Pero lo que todos los sistemas sociales, teorías económicas, propuestas políticas, o cómo se quiera, prometían y prometen (desde luego, el marxismo clásico; también, el capitalismo – con Adam Smith, Freeman y sus Chicago boys, etc., hasta llegar al Mr. Bush Jr., Aznar y seguidores –; el socialismo, desde el socialismo real – el chico Stalin, el amigo Mao, y compañía – hasta la socialdemocracia europea) es el bienestar material para toda la población. Para ser más exactos: prometían y prometen conseguir el mayor bienestar material posible para todos mediante el crecimiento económico a costa de la explotación sin límite (insostenible) de los recursos naturales del planeta. Una especie de ansia subliminal de retornar al Paraíso perdido. Reitero, el socialismo (desgraciadamente, Vaticano), también.

En 1972, el Club de Roma, pública su famoso informe, “Los límites del crecimiento” –fundamental para la sensibilización ambiental, y, por supuesto, para el denominado moviendo ecologista–. Dónde, precisamente, por primera vez, se critica de forma clara, precisa, y contundente, ese modelo de crecimiento insostenible. Después pasaron muchas cosas en las que ahora no me puedo extender.

Tampoco puedo entrar en qué se puede entender por ecologismo (o movimiento ecologista), en dónde, por cierto, hay de todo. Como, tampoco, por supuesto, en la definición de bienestar o bienestar material, discusión que puede alcanzar hasta niveles metafísicos.
Lo que sí quiero adelantar es la siguiente idea: unos análisis iniciales denotan que el objetivo de implementar un tipo de desarrollo sostenible (respetuoso con la capacidad de recarga de la biosfera) exige inevitablemente, si somos mínimamente rigurosos, el cuestionamiento y revisión de nuestros modelos económicosociales actuales (con consecuencias y efectos que todavía, en gran parte, probablemente sólo atisbamos). Entre esos modelos está, también, el estado social (Constitución, Título I, capítulo III). Reitero, no caigamos en el error de pensar que hay, actualmente, sistemas económicosociales más “ecológicos” que otros. Si todos hemos comprobado los desastres ecológicos del socialismo real; a la par, la maldad ecológica de Mr. Bush Jr., Howard y compañía; la socialdemocracia, gran defensora del estado social, también ha contaminado y contamina mucho, incluso más (al tener mayores tasas de activad general). Entre otras cosas, porque todos parten, como hemos visto, de la misma premisa básica: bienestar, cada vez mayor, a costa de la explotación ilimitada de los recursos naturales, una ancestral búsqueda de la especie humana del Paraíso perdido. Pero, los recursos naturales son limitados – lo queramos o no –, ése es el problema.

Creo que ése es el auténtico debate, en especial para el socialismo y la socialdemocracia: estado social/desarrollo sostenible. Se admiten sugerencias…

Termino, dudo que el siglo XXI sea el siglo del neomarxismo, de lo que estoy seguro es que será el siglo del desarrollo sostenible, o no será. Y, para eso, nos tenemos que hacer mayores y aceptar, de una vez por todas, que no hay Paraísos (ojalá), pese a lo que dice el Vaticano.


José Luis Rego Vecino

LA CAÍDA DE LA CORBATA Y DE LOS PRINCIPIOS SOCIALISTAS

Hace unos días me encontré a un amigo. Vestía traje gris con marcada línea en el pantalón y se protegía del frío con un gabán de paño y un sombrero bogartiano. Por supuesto lucía corbata. He aquí un hombre como dios manda, me dije. Intercambiamos los saludos y buenos deseos indicados por la buena crianza y al llegar a casa me planté delante del espejo del vestíbulo. Vi un pantalón vaquero, un jersey mal colocado y unas greñas alborotadas. He aquí un chiquilicuatro, una cuasicosa más o menos antropomórfica. ¿Quiere decir esto que el hábito hace al monje? La respuesta obvia es que no, pero ¿y si fuese así?
Me arrellané en mi butaca y me dispuse a continuar la lectura de La romana, mas el contraste entre ambas imágenes bullía en mi cabeza y era incapaz de concentrarme en la lectura. Así que no me quedó otro remedio que reflexionar.

Salvo Santiago Carrillo que siempre lució traje y corbata en casi todas las circunstancias, los políticos de izquierdas tienden a guardarse la corbata en el bolsillo de la americana a la más mínima oportunidad. Mi admirado presidente ZP lleva el traje con la misma soltura que yo los zapatos de tacón de mi santa esposa, Felipe y Guerra ostentaron pana mientras pudieron.
El mayo del 68 y demás movimientos sociales y pseudointelectuales nos convencieron de que la corbata era el símbolo del opresor y el traje el mono de trabajo del capitalista. En el poder tenía que estar la imaginación y en el follar y fumar canutos residía la liberación de la humanidad.
De tanto fornifollar y aspirar malos humos comenzó la relativización de todo. Nació el cinismo ambiental.

Dejó de estar bien vista la fe, cualquier tipo de fe, la católica por supuesto, lo cual me parece estupendo porque la iglesia siempre tendió a obstruír el fornifolleteo y el goce en general de la vida, amén de bendecir santas cruzadas que llenaron de muertos las cunetas, y se puso en solfa cualquier principio.

Si eres progre por fuerza debes desterrar de tu vocabulario y de tu modus vivendi conceptos como autoridad, disciplina, cumplimiento del deber, responsabilidad, etc. Un progre no puede castigar (¡nefanda palabra!) a su hijo pues la represión ejercida podría llevar al inocente vástago a un impredecible desorden psíquico. Un progre no debe exigir a un electricista o fontanero que le arregle como mandan los cánones su instalación acuífera o eléctrica si no quiere ser considerado un carca represor. Un progre no puede decir que dedica muchas horas a su trabajo y que pretende hacerlo lo mejor posible si no quiere que lo tilden de estúpido y pringao.
Un progre no debe defender jamás la dictadura del proletariado, ya se ve para que sirvió la Unión Soviética, y menos asegurar que los políticos de izquierdas no deben enriquecerse jamás durante el ejercicio de sus funciones, a ver si uno por ser de izquierdas tiene que vivir en la miseria.

Como no existe ni lo blanco ni lo negro, lo rojo se ha vuelto rosa y hemos visto ministros socialistas con catorce cuartos de baño primorosamente alicatados por Porcelanosa, sindicalistas empresarias como la brillante Mª Jesús Paredes y la lucha de clases convertida en reyerta callejera entre los Latin Kings y los descerebrados de enfrente.

Por eso, el que esto suscribe, que sólo puso corbata en dos ocasiones, la boda de su mejor amigo y la propia, por juzgar que semejantes himeneos (un saludo a mi venerado Catulo) eran dignos del mayor de los sacrificios, estaría dispuesto a lucirla a diario, aunque fuese ceñida a la frente, con tal de que la izquierda sin volverse antigua se volviese austera, honrada, trabajadora, responsable, con espíritu de lucha y sacrificio, generosa y valiente, capaz de llamar al pan pan, al especulador ladrón y al que eclipsa los mares en su yate de 168 m. de eslora inmoral hideputa.
Y si el fontanero o electricista viniese cuando dice y arreglase lo estropeado, mucho mejor, hombre.


Lino Lagoa, para servirles a ustedes, desde la izquierda.

¿SIGUE TOCANDO LA ORQUESTA?

La lectura del artículo de opinión, titulado El vaciamiento de la clase media (y de los comentarios subsiguientes), me ha producido una serie de reflexiones que me gustaría compartir. Desde luego, no es mi objetivo en estas líneas dedicarme, en exclusiva, a comentar o rebatir las afirmaciones u opiniones que se vierten en el referido artículo –que, por cierto, en algunos casos, comparto–, en una especie de ejercicio intelectual pedagógico sin ningún objetivo mínimamente tangible –como Picasso, pienso que el arte por el puro arte no sirve de nada, sobre todo cuando hablamos de temas sociales–; pretendo, sobre todo, llamar la atención sobre la falta de referencias ideológicas mínimas que sufren amplios ámbitos sociales afines a lo que, vamos a denominar, socialdemocracia, incluso cuando hablamos de militantes y simpatizantes de partidos de izquierda. A partir de ahí, las consecuencias que quiera extraer cada cual…

El socialismo –padre– y la socialdemocracia –hija–, desde luego, no nacieron, se desarrollaron, e incluso, murieron, por defender a la clase media. Nada más lejos de su intención. Entre otras cosas porque esa clase media, a la que parece nos referimos, no existía ni en sus orígenes, ni durante gran parte del periodo en el que se desarrolla ideológicamente y consolida socialmente el movimiento socialista (finales s. XIX, s. XX). La existencia en la actualidad de unos amplios sectores sociales que podríamos denominar de clase media (otra cosa es la virtualidad hoy día de esa clasificación) es, precisamente, una de las destacadas consecuencias del desarrollo de políticas socialdemócratas, pero no su causa. Esto no es nada nuevo y parece que es pacíficamente aceptado por todos. Como también es aceptado por toda la literatura, que el socialismo y, posteriormente, la socialdemocracia tienen su raíz ideológica en la conquista, protección y promoción de los derechos de los que, frente a los burgueses, no tenían nada; o, para ser más precisos, sólo tenían su trabajo: antes, proletarios o asalariados.

Y para conquistar y defender esos derechos la primera demanda del movimiento socialista fue la democracia efectiva. Esa es la principal petición de la Carta del Pueblo de William Lovett (1838) –origen del movimiento social inglés denominado cartismo –: voto para todos los varones. Posteriormente, esa demanda esencial se transformaría en la exigencia del sufragio universal (es decir, también votan las mujeres). Derecho conquistado paulatinamente, y desde luego no sin luchas. En España tuvimos que esperar a 1933, y no es casualidad que fuera fruto de un gobierno republicano/izquierdista. En definitiva, destacar, por si no se sabe o se olvida, que el sufragio universal, hoy aceptado por todos, es una conquista del movimiento obrero, y relativamente reciente.

Pero, una vez conseguido lo anterior, la constatación de las dificultades de pasar de una democracia formal a una democracia real o efectiva (algunos prefieren hablar de democracia social), debido a las desigualdades reales producidas por el sistema económico capitalista, y la formas y estrategias para superarlas, centran el debate del movimiento socialista. Durante ese tiempo, el 28 de septiembre de 1864 se funda en Londres la Asociación Internacional de Trabajadores, Primera Internacional, (Marx redacta el discurso inaugural y los estatutos). En 1869 se funda el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), que hasta 1875 no se fusiona con la Asociación General Alemana de Trabajadores, de Ferdinand Lassalle (fundada en 1863). En su congreso de 1891 el SPD, recogiendo elementos esenciales del marxismo, establece una táctica política reformista del sistema capitalista, influencia de uno de los autores fundamentales de la socialdemocracia europea, Eduard Bernstein. A partir de este momento, la transformación democrática del Estado y la sociedad se convierte en el fin último de los partidos socialdemócratas (desde Olof Palme a Rodríguez Zapatero).

Llegados a este punto habría que hablar de John Maynard Keynes (Teoría general del empleo, los intereses y el dinero, 1936) y sus teorias económicas, keynesianismo, basadas en una reforma del sistema capitalista (con su atención a la demanda agregada de consumo, las inversiones privadas y la importancia y papel del gasto público) que permita compaginar: una mejora de las condiciones de vida y una amplia protección social de todos los sectores de la sociedad, con un fuerte crecimiento económico –¿les suena?–. En definitiva, un capitalismo con rostro humano. Éste es el modelo económico adoptado por la socialdemocracia europea en sus años de mayor éxito (años 50-70) – Estado de Bienestar (welfare state) – y a los que debe gran parte de su brillo y prestigio (y del cual sigue en parte viviendo). España, por motivos de todos conocidos, llega tarde, pero no por ello deja de intentar aplicar el modelo con el entusiasmo y denuedo típico de los recién llegados.

Y, después de este pequeño viaje por el tiempo, volvemos a encontrarnos con nuestra pobre clase media. ¿Qué le está pasando? Pues, sin extendernos demasiado, que las recetas keynesianas ya no funcionan (o no funciona tan bien como antes). Que, al igual que en la adolescencia, nos están pasando muchas cosas y lo peor es que no sabemos lo qué. Le llamamos globalización pero el concepto no está nada claro, por lo menos de momento. Sí observamos algunos de sus efectos, destacamos: predominio de la inversión privada especulativa financiera, de mayor rentabilidad que en los sectores tradicionales; en su caso, inversión industrial (automatización) que destruye puestos de trabajo en vez de crearlos; fenómenos de deslocalización (facilidad de transportes); importantes agentes económicos (multinacionales) fuera del control de la legislación del clásico estado nación; ingentes sectores sociales demandantes de prestaciones sociales (inmigración); etc.

En definitiva, la socialdemocracia, o por lo menos la socialdemocracia que hasta ahora hemos conocido está en crisis (algunos dicen que muerta); quizá deberíamos replantearnos algunos modelos y discursos en profundidad y con cierta urgencia. Pero lo que, seguro, no deberíamos hacer es consolarnos porque se siga escuchando a la orquesta, mientras el barco se hunde.


JL

EL VACIAMIENTO DE LA CLASE MEDIA (I)

Si hay algo que debe siempre caracterizar a la izquierda es precisamente su defensa de la clase media, verdadero sustento del equilibrio socio-económico de un país. La ideología socialista decimonónica originó en su momento una de las más importantes revoluciones de la humanidad, revolución que protagonizó una extremadamente convulsa primera mitad del siglo XX para finalmente poder presentar como su saldo más favorable el de obligar al capitalismo reinante a socializar las formas como única manera de mantener el fondo; sucediendo que estos cambios, temidos al principio, le permitieron incrementar exponencialmente su éxito, convirtiendo al capitalismo suave de formas en la única doctrina actualmente triunfante en occidente. El desarrollo económico originado por la humanización del capitalismo fue espectacular, y permitió la creación de una clase media en occidente cuyo consumo enriqueció aun más a quienes ostentaban la propiedad de los medios de producción.

El socialismo europeo de la segunda mitad del siglo veinte se tornó en socialdemocracia, es decir, en un socialismo al servicio de las clases medias y funcionó en una Europa derruida, impulsando una serie de políticas que ningún gobierno conservador ulterior se atrevía a remover. Los problemas comienzan a verse en la última década del siglo pasado, cuando las políticas socialdemócratas van perdiendo fuelle víctimas de su propio éxito, dejando un vacío ideológico que inmediatamente es ocupado por los trileros, esos hijos tramposos del capitalismo que aupados en el caballo liberal y en un teórico agotamiento de las ideologías pretenden que se deje hacer al mercado (trampas, se entiende), convirtiendo a dicho mercado en un fin cuando su verdadera función es instrumental. Es en ese momento cuando la socialdemocracia no sabe responder al envite y pierde utilidad para esa clase media que, inerme, comienza a engrosar las filas de la abstención.

En España podemos ver el ejemplo de la vivienda: existiendo una clase media con una cierta capacidad económica, los bancos se alían con los promotores para vaciarles el bolsillo, debidamente cubiertos por una clase política liberal que entiende que el mercado debe resolver de por sí el problema de la vivienda, y salvando la conciencia con políticas de vivienda-caridad que en una suerte de lotería van permitiendo que unos pocos se salven de la quema y puedan ver su derecho a la vivienda satisfecho de una manera razonable; podemos ver cómo el mercado inmobiliario comienza su excepcional despegue a la par que los gobiernos populares permiten que esa clase media se auto-esclavice para atender a una necesidad tan básica como la de la vivienda. Estos neo-esclavos modernos vienen perfectamente representados por el drama de los mileuristas, cifra de ingresos que sin ser alta, permitiría ir tirando dignamente si la vivienda no constituyese el principal elemento de gasto, con lo que estos ciudadanos quedan abocados a destinar la práctica totalidad de sus ingresos a pagar vivienda y comer y con escasas posibilidades de salir de esa situación, algo parecido al medievo pero en plan fino.

Visto así el asunto el recurso a la abstención no parece descabellado, ya que la izquierda sigue todavía sin afrontar un verdadero plan de vivienda-derecho que sustituya a los vigentes de vivienda-limosna, así como regular la imprescindible participación de los trabajadores en los beneficios de las empresas en las que trabajan. El éxito del capitalismo como instrumento económico que permita la superación personal y a la vez la redistribución de la riqueza sólo puede conseguirse distribuyendo también los beneficios y no sólo las pérdidas (que siempre se redistribuyen bajo la forma de despidos). Ello permitiría incrementar la productividad en el seno de las empresas, así como la renta disponible a aquellos trabajadores que mayor eficacia logren; a buen seguro que estos trabajadores preferirán esta solución, aunque conlleve mayor carga impositiva que las exenciones fiscales que últimamente se anuncian para las rentas bajas. Lo dicho anteriormente, si la socialdemocracia no es capaz de sustituir la limosna por el derecho, es que ha perdido utilidad.

Mientras las políticas socialdemócratas no afronten este reto, las necesidades colectivas de la clase media distarán mucho de tener encauzada su satisfacción y nos pagarán en forma de abstención, realidad electoral que ya es hora de que la analicemos como lo que realmente es: una política consciente de castigo mayoritariamente a la izquierda y no el resultado de la actitud de individuos despreocupados.

SAR

LA IZQUIERDA COMPLEJA (I)

El mundo está cambiando vertiginosamente. Esta afirmación, que parece tópica e igualmente predicable de todo el siglo anterior, resulta hoy más real que nunca como consecuencia de fenómenos económicos y sociales de fondo muy novedosos que están configurando sociedades distintas, en una transformación de resultados difíciles de predecir. Y no me refiero particularmente a España, que también. Me refiero al mundo del que España forma parte, un mundo que en los últimos 10 años ha cambiado aceleradamente en un marco de globalización, movimientos migratorios, deterioro ecológico planetario, incorporación de nuevos agentes económicos a la economía mundial, petróleo a 100 dólares, etc. Cerrar los ojos al cambio no lo modifica ni lo elimina. Frente a la tradicional pulsión inmovilista y reactiva de la derecha, la izquierda está obligada a asumir una actitud dinámica y abierta (proactiva ) que detecte los cambios cuando empiezan a tomar forma y proponga con agilidad ideas para gestionarlos. No se puede errar en los diagnósticos ni repetir esquemas del pasado.

La izquierda acepta sin problemas desde hace aproximadamente medio siglo la eficacia de la “mano invisible” del mercado, sin perjuicio de que los fallos del mercado existen y deben ser minimizados por un Estado fuerte y eficaz. Sin embargo hay que recalcar que la defensa de la eficiencia económica no puede ser monopolio de la derecha (el déficit cero, el superávit fiscal, la reducción de la burocracia, la racionalización de los servicios públicos y de la administración pública, no pueden ser argumentos abandonados a la derecha). Adicionalmente, la izquierda debe articular un discurso fiscal sólido y coherente ante los espasmódicos movimientos de rebaja fiscal propugnados por la derecha. En la misma línea, hay que plantearse qué posición adoptar ante el fenómeno de la deslocalización combinado con un marco global de incremento estructural de ciertos precios básicos que tiene que ver en gran medida con la incorporación de la India y China al consumo agregado mundial y con la inelasticidad de la oferta de muchas materias primas, tendencias ambas que afectan más a los que tienen menos. En palabras del nobel Joseph E. Stiglitz “las clases medias, base de la estabilidad, tienden a desaparecer”.

Problemas como el cambio climático, la deforestación, el agotamiento de recursos y la masiva extinción de especies junto con un incremento de las catástrofes naturales enlazan con la idea de que la izquierda no puede permitir la subordinación del medio ambiente al crecimiento económico inmediato. Debemos ser absolutamente pioneros y militantes en la implementación de modelos de urbanismo sostenible, de relaciones laborales sostenibles, de sistemas energéticos sostenibles y de formas de producción sostenible. La lógica de la sostenibilidad es radicalmente transversal y es la izquierda quien tiene que decirlo y la única que puede hacerlo. En este sentido se impone, parafraseando a Joschka Fischer, una “revisión de los límites del crecimiento” .

La aceptación de la multiculturalidad derivada de fenómenos como la inmigración e inscrita en el marco de la lógica democrática de libertad debe compaginarse con el respeto a los deberes básicos de ciudadanía que forman parte del acervo de la izquierda desde la revolución francesa. De la misma forma, se deben proponer fórmulas (la Alianza de Civilizaciones es un intento en ese sentido) que tiendan a recomponer el concierto mundial en un contexto de “desorden multipolar” (T. Garton Ash) agravado por la radicalización islamista y que supongan una alternativa frente a la descabellada política incendiaria de los Neocons. Europa, con sus sombras, sigue siendo hoy el “primer espacio transnacional del mundo” (Jeremy Rifkin) y sigue proyectando bastante luz y razón a su alrededor.

Como conclusión de lo anteriormente expuesto, cabe afirmar que, en un mundo en el que los roles tradicionales de izquierda y derecha tienden a difuminarse en la neblina de la posmodernidad, merece la pena considerar que un factor diferenciador de la izquierda puede ser su acercamiento proactivo a la realidad y su aportación de soluciones complejas a los problemas complejos. Algo asimilable a lo que Salvador Pániker define como “pensar la complejidad”. Parece que el grupo de notables internacionales reclutado por Zapatero apunta en esa dirección y debemos felicitarnos por ello.

ANISAKIS

HORA DE ILUSIONAR

Vivimos un momento álgido en nuestras aspiraciones de transformar la sociedad: por primera vez gobernamos en la administración local coruñesa, en la administración autonómica gallega y en la administración estatal, lo cual supone una alta responsabilidad y debería implicar un incremento notable de nuestro nivel de autoexigencia; no podemos defraudar, y para ello debemos ser conscientes de la necesidad de renovarnos continuamente conectando con las demandas de un cuerpo electoral también en permanente cambio.
Tenemos que ser capaces de ilusionar a esa parte del cuerpo electoral que, elección tras elección, integra las filas de la abstención y que solo se moviliza eventualmente para votar izquierda. Tenemos que implicar a la sociedad en nuestra acción política y salvar esa distancia que mantenemos con un número importante de nuestros potenciales votantes, muchos de los cuales nos ven como un mal menor al que solo hay que apoyar cuando las cosas se pongan muy negras. Tenemos que acercar el partido a los ciudadanos, hacerles comprender que actualmente en España somos el mejor instrumento de transformación social y para hacerlo no hay otro camino que ahondar en la senda del debate, de la reflexión colectiva y de la unidad de acción; tenemos la obligación de escuchar a la sociedad con humildad y sin prejuicios y de reflexionar sobre ello sin complejos ni ataduras, pero a la vez tenemos igualmente la obligación de actuar unidos y sin fisuras como corresponde a todo gran partido. El reto de las próximas generales está ahí; las encuestas están, como todos sabemos, ajustadas y gran parte de lo hecho hasta ahora puede peligrar si cambia el color político del gobierno en lo que sería un injusto premio a una legislatura que se ha caracterizado por ser la de la gestión social, unida a un crecimiento económico sin par en nuestra reciente historia.

No podemos olvidar que parte de la izquierda es muy propensa a expresar su crítica quedándose en casa cuando hay que votar, renunciando al empleo del instrumento del voto, verdadera fuerza que iguala socialmente y que permite que la ciudadanía dirija su futuro; cuando eso sucede, y solo cuando eso sucede, es cuando gana la derecha. Cierta desgana en ese voto progresista pudo ser comprensible en las elecciones de 1996, cierta desorientación pudo ser igualmente entendible en la cita electoral de 2000, pero el recurso a la abstención en las próximas de 2008, después de una legislatura fértil como pocas en lo social no es en modo alguno admisible desde una óptica de progreso; por ello es necesario que todos nos volquemos, que cada progresista se convierta en un agente electoral que sepa explicar que cada voto que se quede en casa afectará a nuestras pensiones, a nuestro derecho a la vivienda, a una sanidad y a una educación de calidad, a la atención de nuestros mayores … hay tantas razones como votantes seamos capaces de escuchar.

No es cierto que todos los políticos sean iguales. Frente a una derecha apegada al sillón cuando fracasa, la izquierda fue capaz en 2000 de responder a su propio fracaso electoral con una renovación de caras que permitió recuperar el gobierno cuatro años después; es, en buena medida, esa capacidad la que hace que los ciudadanos estén dispuestos a premiar a las fuerzas progresistas con su voto, pero para ello tenemos que ser capaces de vender éxito, éxito que estará garantizado si somos capaces de ilusionar y movilizar, y para ello nos tienen que percibir fuertes y lúcidos, algo que solo se consigue con la cohesión subsiguiente al debate y con la renovación allí donde se falle. Siempre hemos actuado así los socialistas y por ello hemos podido gobernar España durante las dos terceras partes de nuestra reciente aventura democrática; que ello siga siendo así depende de todos ya que, como siempre, nuestro éxito electoral sigue siendo clave para el progreso de una mayoría de españoles.